Julia Navarro
Hipócritas
En tanto aquí florece, como cada año por estas fechas, la obsesión por adelgazar, no muy lejos, en Gaza o en Sudán, la obsesión de millones de personas es la de encontrar algo comestible que llevarse a la boca. En tanto aquí las inscripciones en los gimnasios se han incrementado un 300% para bajar la grasaza acumulada en las fiestas, en Gaza o en Sudán los bebés mueren, esqueletizados por el hambre, en los brazos de sus madres. Semejante obscenidad traza la pendiente de barbarie por la que el mundo se desliza.
Si el azote trumpiano, que éstos días celebra el quinto aniversario de su asalto al Congreso, dibuja en lo político global esa rampa de caída en el salvajismo más abyecto, el del sálvese quien pueda, la ansiosa glotonería que desperdicia tanto la comida que ingiere como la que le sobra y arroja a la basura, acentúa el tétrico color del hambre de cuantos seres humanos, no muy lejos, no alcanzan a pillar ni las migajas del ominoso banquete. Si la codicia desatada del tipo amoral que ha encontrado el modo de culminar su golpe de estado desde dentro, desmantelando cualquier rastro de decoro y civilidad, proyecta su sombra sobre los pueblos del mundo, la locura consumista proyecta la suya, aquí mismo, a través de los vientres ahítos que pretenden desinflarse en los gimnasios.
Se trata, en el fondo, de la misma insania, pues ambas, la grande y la chica, buscan devorarlo todo y tirarlo todo, finalmente, a la basura de un estómago insaciable. Uno por poder, y otros por no poder, todos los participantes en esta fea mojiganga añaden su chafarrinón al lienzo del momento. Nace el año con sobrepeso, pero no precisamente con el de la culpa, pues en el consumo desatentado, sea el de un multimillonario naranja, hortera, cruel y avariento, o el de los particulares alienados, no hay conciencia. Qué darían tantas madres, tantos padres de bebés esqueletizados, porque en algún lugar del mundo la hubiera.
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