José Teo Andrés
Groenlandia, Venezuela y Vigo
El encuentro mantenido este jueves entre Pedro Sánchez y Oriol Junqueras -que sigue penalmente inhabilitado, ya sabe usted- en La Moncloa marca el inmenso lío en el que se encuentra el Estado. O sea, España. La exigencia de 'financiación singular' que daría, para simplificar, otros cinco mil millones a Cataluña no es sino un síntoma del desbarajuste que marca la necesidad del Gobierno de contar con apoyos, algún tipo de apoyos, para 'ir tirando', como sea, en el Congreso de los Diputados.
A mi entender, no es cierto que la gobernación de Sánchez, en estos casi ocho años turbulentos, haya servido para aquietar el oleaje independentista en Cataluña, pese a la indudable influencia benéfica -al menos en cuanto a falta de estridencias- que supone tener a Salvador Illa al frente de la Generalitat, y no a gentes como Puigdemont, Torra o Mas. No, no se está 'pacificando' el tema. Más bien, lo que está ocurriendo es, ya digo, lo que Mariano Rajoy, a quien la bomba le estalló en las manos en 2017, calificó como eso: un lío.
Las discrepancias entre la Esquerra Republicana de Cataluña de Oriol y Junts de Puigdemont no contribuyen precisamente a amainar la tempestad territorial en al que se debate aún una España que no acaba de cerrar definitivamente su modelo autonómico ni sus divergencias territoriales. Unas divergencias que se plasman ahora de manera gráfica con las elecciones aragonesas dentro de exactamente un mes, en las que la hasta ahora ministra portavoz que defendía la 'financiación singular' -es decir, más beneficiosa- para Cataluña, Pilar Alegría, tiene ahora que defender que el trato gubernamental debe ser igual para todas las autonomías.
Ahora se va a ver hasta qué punto fue un error de Pedro Sánchez colocar a varios/as ministros/as como candidatos/as en estas elecciones autonómicas, en las que se ventea un cierto descalabro socialista, al menos, a corto plazo, en Aragón, Castilla y León y Andalucía. Porque Gobierno central y autonomías tienen, hay que decirlo, intereses distintos y distantes.
Supongo que las consecuencias de la reunión Sánchez-Junqueras este jueves derivarán en declaraciones de buenas palabras edulcoradas en la conveniencia de 'pacificar', nueve años después, aquel caos de la declaración unilateral de independencia, que duró apenas unos segundos, a cargo de Puigdemont y todo lo que a ello siguió. Junqueras no había vuelto a La Moncloa desde aquel 2017, en su calidad entonces de vicepresidente del Govern de Puigdemont, con Rajoy en la presidencia del Gobierno central. Tantas cosas han pasado desde entonces... Pero lo que de ninguna manera se podría afirmar, ya digo que a pesar de la benéfica influencia de Illa, es que el independentismo se haya embridado y el diseño territorial español se haya perfeccionado o que la áspera financiación autonómica se haya consolidado.
Ni una cosa, me temo, ni otra: ahí tenemos la exigencia de Junts -para lo que valgan las bravatas de doña Miriam Nogueras, claro- de que se dé un paso más, inconstitucional por supuesto, y se equipare a Cataluña con el País Vasco en cuanto a concierto y cupo económico. Cada día resulta más claro que, para Sánchez, ganar tiempo de pervivencia en La Moncloa es la consigna; no la de cerrar el mapa imposible de la financiación autonómica española y menos aún el diseño territorial, jamás completado, en una España autonómica que no puede ya reconocerse en el Título VIII de la Constitución. .
Por eso, y porque difícilmente aprobará el Parlamento cualquier acuerdo unilateral con Junqueras, yo le doy solo un relativo valor a estos encuentros en La Moncloa. Máxime cuando la atención ahora se centra en la caótica situación mundial, que hace que el diseño del Estado, de nuestro Estado, quede relegado casi a las páginas pares, como decimos los periodistas. Pero la cuestión, como el dinosaurio de Monterroso, sigue estando ahí, exigiendo un pacto entre las fuerzas políticas nacionales (imposible, porque esa Moncloa que sí recibe a un Junqueras inhabilitado nunca se abre para Feijoo, por ejemplo) . Y es un tema crucial para entender y dibujar la España del inminente futuro, cuyo diseño cada día parece más provisional.
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