Xabier Vila-Coia
La injusticia del fuera de juego
En el mes de julio de 2024 ya publiqué un artículo sobre este tema que titulé «Justicia extrema, extrema injusticia»; aquí lo complementaré abordándolo desde una perspectiva diferente, al tiempo que trataré otros afines muy presentes en las conversaciones cotidianas de los aficionados al «deporte rey».
Como reseñé en el texto citado, la posición de «fuera de juego», también llamado «órsay», está regulada por la regla 11 del Reglamento de Fútbol, la cual establece que un jugador está en posición de fuera de juego cuando: 1. Su cabeza, tronco o pierna (pie incluido) se encuentran, total o parcialmente, en la mitad del terreno de juego del adversario (excluyendo la línea central) y 2. Su cabeza, tronco o pierna (pie incluido) se encuentran, total o parcialmente más cerca de la línea contraria que el balón y el penúltimo adversario.
En la actualidad, para dilucidar con exactitud cuando esto ocurre suele intervenir el árbitro asistente de vídeo (VAR). Como quiera que es el que chequea las imágenes y describe al árbitro principal lo que se ve en ellas, en la práctica ejerce una gran influencia sobre este al decidir si existe posición no reglamentaria. Esta se decretará de forma automática si se determina que el atacante estaba, aunque solo sea un milímetro, por delante del balón y del penúltimo contrario.
Mediáticos ex colegiados que se han autoerigido en el TSA (Tribunal Supremo Arbitral) justifican este extremismo interpretativo comparándolo con el que se aplica para considerar la legitimidad última de un gol: que el balón atraviese por completo la línea de meta, de modo que si no lo hace por un único milímetro será invalidado. Es evidente que a estos hombres, aunque se saben las Reglas de Juego de carrerilla y tienen cientos de miles de radioescuchadores y radioespectadores, razonar en profundidad les queda grande y, además, no regocija a las masas como sí lo hacen las sobrantes historietas de sus fútiles andanzas y sus profusos chascarrillos nescientes sobre gastronomía, música, cine... A base de sobredimensionar su ego, las empresas de comunicación que les pagan, en vez de beneficiarse económicamente de su experiencia convirtiéndolos en divierte-monas, como era su intención, los han convertido en monas que divierten.
Volviendo a la comparación señalada en el párrafo anterior, he de decir que es absurda dado que equivale a no distinguir entre jueces y cucarachas: en el segundo supuesto la percepción visual que tenga el futbolista no influye en el hecho de si el gol es o no válido; mientras que en el primero, el jugador debe tener la posibilidad de calcular mediante la visión si está o no en órsay para resolver por qué movimiento optar para evitar infringir el Reglamento.
Resulta llamativo que los futbolistas se quejen de que no son capaces de diferenciar cuando una mano es o no punible, pero no hagan lo propio respecto de su insuficiencia para valorar si se encuentran en fuera de juego. Porque no es factible que su vista, durante el desarrollo de las jugadas, sea capaz de apreciar distancias de unos pocos milímetros o centímetros. Esto es; ante el «offside» se hallan en una manifiesta situación de indefensión, y ni siquiera lo saben.
Al igual que a los árbitros principales se les admite una cierta subjetividad al interpretar la mayoría de las infracciones: sea la fuerza ejercida en un empujón, la intensidad de un agarrón o la violencia de una patada (percepción que, por ejemplo, determina si una acción carece de transcendencia o es penalti), del mismo modo se les ha de reconocer —como se les reconoció hasta hace unos años— idéntica discrecionalidad para decidir «per se» (con el apoyo del correspondiente árbitro asistente en el terreno de juego) si una posición adelantada es o no relevante para anular una jugada. Sin duda, es la mejor manera de hacer justicia ya que juzgadores y juzgados estarán en igualdad de condiciones porque disponen del mismo sentido por el que guiarse: la visión binocular.
En este aspecto, la tecnología VAR ha resultado ser un fracaso puesto que lejos de solventar los conflictos los ha incrementado, a la par que provoca interrupciones que desnaturalizan la esencia del fútbol. Que yo sepa, en ninguna otra actividad la implementación de un elemento tecnológico complica la resolución de los desacuerdos en lugar de favorecerla. Y es que ahora las discusiones machaconas e interminables no son únicamente por su intervención, sino también por su inhibición.
Otra curiosa novedad en el sistema arbitral afecta a la denominación oficial de los árbitros de fútbol. En el año 1969, el dictador general Francisco Franco Bahamonde, a la sazón Jefe del Estado, para evitar insultos y críticas indirectas hacia su persona debido a la coincidencia de su primer apellido con el del árbitro Ángel Franco Martínez, impuso a las autoridades deportivas y a los periodistas que a los colegiados se les nombrara por sus dos apellidos. Pues bien, en 2025, Francisco Soto Balirac, presidente del CTA (Comité Técnico de Árbitros), dictó que «para proteger y humanizar la figura arbitral» los colegiados sean mentados por su nombre y primer apellido.
No alcanzo a comprender de qué forma se protege y humaniza a los árbitros haciendo desaparecer el apellido que visibiliza a uno de sus progenitores. En realidad, es una medida de sometimiento a la costumbre imperante en Europa. Una manifestación más del milenario complejo de inferioridad hispano frente a lo extranjero, siempre considerado más valioso y acertado.
El generalísimo Franco ejercía el monopolio del poder, y podía obligar a la prensa a cumplir sus deseos. Sin embargo, en una sociedad libre es inadmisible que se pretenda exhortar a los periodistas deportivos a seguir esta clase de criterios ya que equivaldría a que los clubes de fútbol los instaran a llamar a sus jugadores según su parecer, tratando de prohibirles, pongamos por caso, el uso de apodos: el Buitre, la Pulga, el Bicho, etcétera.
Por último, querría hacer una breve mención a otra cuestión que interesa a muchos aficionados, relacionada con la introducción de árbitras en las ligas de fútbol profesionales masculinas; que es uno de los objetivos a medio plazo de la FIFA, la UEFA y la RFEF. La haré en el sentido de que existen diferentes aptitudes de naturaleza biológica (genética y epigenética) entre el hombre y la mujer que no deben ser obviadas; como la fuerza, la potencia, la resistencia, la velocidad en carrera o la capacidad de recuperación inmediata. Después de todo, es este y no otro el motivo por el que se organizan campeonatos de fútbol masculinos y femeninos totalmente independientes.
Es un error inadmisible parapetarse en un prejuicio ideológico igualitarista (que equipara a los dos sexos del Homo Sapiens, macho y hembra, en todas sus características físicas, mentales y sicológicas) a la hora de practicar un deporte, impartir justicia, o en cualquier ámbito de la vida en las sociedades cuyo fin sea alcanzar la máxima excelencia y, como consecuencia de ella, lograr el mayor bienestar y la mayor felicidad posibles para todos y cada uno de sus integrantes.
Cuando hay discriminación, sólo es positiva para quienes discriminan.
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