Xabier Vila-Coia
La injusticia del fuera de juego
El comienzo del capítulo segundo del evangelio según san Mateo relaciona a Jesús con un rey y con unos magos: «Jesús nació en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, y he aquí que unos magos llegaron de Oriente a Jerusalén y dijeron: “¿Dónde está el rey de los judíos? Porque hemos visto su estrella en Oriente y venimos a prosternarnos ante él”».
La indicación «en tiempos del rey Herodes» proporciona un dato cronológico sobre el nacimiento de Jesús, que se añade a una indicación del lugar donde tuvo lugar este nacimiento: «en Belén de Judea». En la escena se introduce a los «magos», un término que se aplicaba a una casta de sacerdotes persas, aunque el significado del mismo se amplió en la época helenística para designar a los astrólogos y a otros representantes de la sabiduría oriental. Era frecuente, en la Antigüedad, encontrar a magos en las cortes de los reyes. En el libro de Daniel se dice que Nabucodonosor, rey de Babilonia, «mandó llamar a los magos, astrólogos, agoreros y adivinos» para que le explicaran un sueño. Los magos de los que habla san Mateo son de origen pagano, ya que hablan del «rey de los judíos», mientras que las autoridades judías se referirán más tarde, en el momento de su muerte, a Jesús como «rey de Israel».
Los magos deducen el nacimiento de un rey salvador a partir de un fenómeno celeste: una estrella a la que ven como signo del nacimiento de tal rey. Quizá san Mateo tenía presente la profecía de Balaán: «Avanza una estrella de Jacob, y surge un cetro de Israel». Por otra parte, en el mundo helenístico la estrella era un símbolo habitual de poder. Se esperaba, además, en esa época la llegada de un amo del mundo que vendría del Este. Tácito escribe que «la mayoría creía en una predicción contenida, según ellos, en los antiguos libros de sus sacerdotes, de que Oriente dominaría y que de Judea surgirían los amos del mundo».
Ante la pregunta de los magos sobre dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer, no solo Herodes, sino toda Jerusalén se sobresaltó de miedo. ¿Cuál es el motivo de esa coincidencia en el espanto? La verdad es que el pueblo aborrecía a Herodes. Seguramente se asocian esas dos figuras – el rey y Jerusalén – por el papel que jugará la ciudad en la muerte de Jesús - «¡Jerusalén, Jerusalén!, que matas a los profetas…» -. Las razones de la inquietud de Herodes son más obvias: «El rey de los judíos», cuyo nacimiento se anuncia, supone una amenaza para la soberanía de Herodes, que no era de Judea, sino de Idumea. No duda, entonces, en convocar al grupo de expertos, formado por los sumos sacerdotes y los escribas, para que lo informen sobre el nacimiento del Cristo – comprendiendo que no se trataba de un simple rey, sino del mesías esperado por los profetas -. Al rey mesiánico, al Hijo de David, le correspondería apacentar al pueblo de Dios. A él deberían someterse tanto Herodes como las autoridades judías que colaboraban con él.
Obviamente, no tenían la más mínima intención de hacerlo. Tanto Herodes como las autoridades complacientes con él tratan de autoafirmase en el poder. Herodes I, el Grande, supo ganarse el favor del emperador de Roma. Si veía su trono amenazado, no le temblaba la mano a la hora de ejecutar a varios miembros de su propia familia, entre ellos a su esposa Mariamne, a tres de sus hijos y a la madre y al abuelo de su esposa. Herodes busca, no guiar, sino instrumentalizar a los magos en su propósito de eliminar al «contrincante mesiánico».
Los magos, conducidos no por las indicaciones de Herodes, sino por la estrella, encuentran a Jesús, al Mesías, al Enmanuel, y se llenaron de “enorme alegría”. Las intenciones asesinas de Herodes fueron frustradas, pues los magos, advertidos en sueños, regresaron a su país por otro camino.
En el “Ángelus” del 28 de diciembre de 2025, el papa León XIV habló sobre la actualidad de la figura de Herodes: «Lamentablemente, el mundo siempre tiene sus “Herodes”, sus mitos del éxito a cualquier precio, del poder sin escrúpulos, del bienestar vacío y superficial, y a menudo, sufre las consecuencias con la soledad, la desesperación, con las divisiones y conflictos». Esperemos que la estrella de los magos, que lleva a Jesús, nos siga guiando para que toda esa maldad, tan presente en el mundo, no alcance sus fines.
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