Xabier Vila-Coia
La injusticia del fuera de juego
La administración de Donald Trump ha estado sometiendo desde hace unos meses a una especie de tortura psicológica a la dictadura de Maduro hasta que por fin lo ha capturado. Parece no tener la determinación de llevar a cabo una intervención militar convencional, me refiero a una invasión terrestre, con pocos precedentes cercanos más allá de la invasión de Panamá en 1989, pero tampoco se reduce a una mera presión diplomática o económica, del estilo de sanciones comerciales o bloqueos financieros a sus líderes políticos, sino que ha incluido ataques a barcos o incluso a objetivos terrestres hasta llegar al bombardeo y la captura de sus líderes, sin saberse aún si el resto del liderazgo muestra o no determinación de resistir. Todo apunta a que se está negociando la salida de de otros líderes de la dictadura, pero falta por negociar cuanto serán los afortunados que puedan abandonar el país con garantías. Aunque puedan parecer extrañas estas negociaciones, forma parte de las prácticas habituales en los procesos de cambio de régimen. Se entiende que es mejor dejar salir a los dictadores, permitiéndoles conservar sus fortunas turbiamente adquiridas, antes que afrontar los costes de una guerra ,en caso de encastillarse estos, que siempre será mucho más cara tanto en vidas como en destrucción económica. De ahí que este aparente cinismo cuente con una explicación racional. Es más en este tipo de acuerdos suele incluirse la permanencia en sus puestos de muchos cargos medios del actual régimen, especialmente en el ejército y fuerzas de seguridad. No debería extrañar que los ahora encargados de reprimir a la oposición permanezcan en el futuro régimen, ahora como defensores de la democracia.
El resultado de estas presiones es incierto, pues una acción bélica convencional, en caso de no rendición de estos, más allá del bombardeo o la captura de uno de sus líderes es muy improbable que llegue a ser implementada. Este tipo de conflictos se sabe como comienzan pero no como acaban y pueden resultar tanto en un éxito como en el estallido de una guerra civil o en la desestabilización de otros países, como resultado de la aparición de guerrillas o e desplazamiento de poblaciones. A esto se suma que buena parte del electorado MAGA es aislacionista y no es partidario de arriesgar vidas de jóvenes americanos en conflictos que no afectan directamente a la seguridad de sus país. La oposición al respaldo a Israel, acentuada después del asesinato de Charlie Kirk, quien ya había mostrado sus reticencias al apoyo incondicional norteamericano a las políticas de este país, es ahora uno de los principales elementos de fractura en el seno del movimiento que respalda a Donald Trump. El caso venezolano es similar y está despertando mucha contestación en esos mismos círculos, que cuestionan no sólo la legalidad de su intervención sino también sus métodos violentos, pudiendo ser el germen de un cisma que los divida.
El problema principal radica en el seno del movimiento de oposición a Maduro, en estos momentos descabezado internamente al no estar liderando su actuación política María Corina Machado, que salió del país para recibir el premio Nobel. Es muy importante ver como se posiciona en estos momentos, pues volver de la mano de un gobierno extranjero no es la mejor forma de comenzar, y cualquier lucha interna en el movimiento opositor en estos momentos de confusión puede ser contraproducente. Cualquier cambio real del régimen debería surgir por razones internas al propio país. Confiar demasiado en que otros van a resolver los problemas de uno, puede tener consecuencias más adversas que el confiar en las propias fuerzas, pues los extranjeros acostumbran a buscar sus intereses o a cobrar caro los favores.
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