Carmen Tomás
Bajo la lupa europea
Vigo se encuentra en un buen momento económico, con sus dos pilares, la automoción y el naval, a pleno rendimiento, lo que debería ser suficiente para que desborde el optimismo: si las empresas que tiran del empleo y la generación de riqueza van bien, la ciudad también debería estar al alza. Y, sin embargo, hay miedo a que llegue otra crisis que lo barra todo, como ya pasó hace veinte años, con consecuencias funestas en todos los ámbitos. En la automoción, por ejemplo, está Vigo cada vez más alejado de los centros donde se toman decisiones, y la factoría de Balaídos es una más, aunque muy importante, de un conglomerado internacional cada vez mayor, difícil de abarcar. En el naval la cuestión es que los astilleros vigueses puedan seguir logrando contratos, compitiendo en un mercado muy complejo.
Entonces, ¿está Vigo en expansión? Los datos macro dicen que sí, pero la realidad más próxima lo niega. Un indicador preciso de cómo van las cosas se encuentra en la demografía, con datos objetivos. Ferrol se ha pasado los últimos 30 años cayendo en población como ninguna otra ciudad de España, salvo Cádiz. Justo hasta hace un año, con la recuperación del naval y la implantación de la industria del automóvil, cambió radicalmente y se ha convertido en la ciudad que más crece en Galicia. A Coruña, con la renta media subiendo al mayor ritmo, ha pegado el mayor salto de su historia reciente, siendo la segunda ciudad que más creció de Galicia, precisamente tras Ferrol. En Vigo, el censo se mantiene prácticamente estable en los últimos diez o quince años, con ligeras variaciones, aunque mantiene su liderato gallego con holgura como ciudad, pero está a punto de perderlo como cabeza comarcal. Y no creo que sea casualidad. Vigo depende de la automoción y el naval. Pronto tendrá competencia en el norte, con Ferrol como polo de construcción de barcos y montaje de coches eléctricos chinos. El futuro no está escrito: se construye día a día.
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