La belleza de Satán

Publicado: 08 nov 2026 - 04:01
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En el Buen Retiro de Madrid es posible contemplar “La Fuente del Ángel Caído”, una escultura del siglo XIX de Ricardo Bellver. Parece que está inspirada en algunos versos de “El paraíso perdido”, de John Milton, donde el poeta inglés dice sobre Satanás: “Por su orgullo cae arrojado del cielo con toda su hueste de ángeles rebeldes para no volver a él jamás. Agita en derredor sus miradas, y, blasfemo, las fija en el empíreo, reflejándose en ellas el dolor más hondo, la consternación más grande, la soberbia más funesta y el odio más obstinado”.

Satanás, según la tradición cristiana es, en efecto, el Ángel Caído, llamado “Satán” o diablo. Primero fue un ángel bueno, creado por Dios. El IV Concilio de Letrán dice que “El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismo malos”. Cuando se habla de este peculiar ángel se suele evocar un pasaje de Isaías 14,12: “¡Cómo has caído del cielo, astro matutino, hijo de la aurora!”. No se puede referir nadie, en estos términos, a un personaje de segunda fila. No lo es.

¿Cuál es la especialidad de Satán? La más grave de sus obras es la “seducción mentirosa”. Una seducción, una capacidad de persuasión, de atracción, de cautivar, que induce al ser humano nada menos que a desobedecer a Dios. Lo que equivale, a la larga, a la perdición del hombre, a malograr el propósito y la finalidad de su vida.

Satán seduce un poco al estilo de Dorian Gray, el personaje de Oscar Wilde, que aparece ante todos como alguien “extraordinariamente bien parecido, con labios muy rojos debidamente arqueados, ojos azules llenos de franqueza, rubios cabellos rizados. Había algo en su rostro que inspiraba inmediata confianza. Estaba allí presente todo el candor de la juventud, así como toda su pureza apasionada”.

Satán, como a un nivel menor Dorian Grey, no pasa desapercibido. Es extraordinariamente “bien parecido”. Ricardo Bellver refleja plásticamente la belleza de un “puro espíritu”, y eso es un ángel, por caído que esté, en un cuerpo perfecto, aunque contorsionado, como un Laocoonte preternatural.

El mal, si está revestido de supuesta belleza, atrae y conquista. La psicología social habla del “efecto halo”, según el cual se tiende a creer que alguien atractivo es, también, más inteligente, amable y moral. Y en el límite pernicioso de ese efecto hallamos la “hibristofilia”, la fascinación romántica y erótica que los criminales ejercen sobre quienes se sienten irresistiblemente atraídos por ellos.

La belleza de Satán, la seducción mentirosa, el efecto halo y la hibristofilia deberían ayudarnos a cultivar una distancia crítica entre la apariencia y la realidad. La belleza que se detiene en la apariencia, en la forma, sin que esta se corresponda con el fondo, es incoherente, falsa; es un engaño. Es diabólica y no verdadera.

Puede seducir, porque los humanos estamos sedientos de belleza, como sedujeron a Adán y Eva los frutos del árbol del bien y del mal. El árbol era “bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia”. ¡Aprendamos de su experiencia!

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