Victoria Lafora
Guerra de egos
Soy feminista porque soy socialista. La frase de José Luis Ábalos que quedará para la historia. La pronunció en 2020, siendo ministro del Gobierno de España. Con esa nauseabunda condescendencia nos explicaba que el compromiso con la igualdad entre hombres y mujeres formaba parte del ADN socialista. Cinco años después pudimos ver las conversaciones entre Ábalos y Koldo: “La colombiana nueva”. “Pues la que tú quieras. O Ariadna y Carlota, y a tomar por culo”. “Que se vea que se nota el pezón por encima”. “Cualquier posición que pueda bien para que se pueda ver la teta o se pueda ver culo”. “No, no ha sido alcohol, han sido putas”.
He visto a ganaderos tratar mejor a las vacas.
Lo realmente fascinante es el mecanismo que hay detrás. Durante años el PSOE no defendió simplemente determinadas políticas feministas. Hizo algo bastante más ambicioso. Se apropió moralmente del feminismo y, por tanto, quien cuestionaba sus políticas se convertía rápidamente en un irredento machista.
Cambiemos de tercio. “Ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho”. José Luis Rodríguez Zapatero en el Congreso Federal del PSOE de 2021. Con esa solemnidad sacerdotal que tan bien manejaba el cariñito de Delcy Rodríguez. La Policía encontró en su despacho joyas y relojes cuya tasación judicial alcanza aproximadamente 1,3 millones de euros y posee inmuebles por valor de varios millones de euros. “Tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho”.
Cambiemos nuevamente de tercio. Probablemente de lo más repugnante que hayamos presenciado. Con 45 muertos en una curva de Adamuz, en una vía férrea responsabilidad de la empresa pública en la que Ábalos enchufaba a sus “sobrinas”, compareció el ministro Óscar Puente para decir “yo hice mi trabajo”. Esta frase no se va a olvidar nunca, porque quizá resume como ninguna otra la transformación de la responsabilidad política en España. Un ministro ya no responde políticamente por aquello que sucede en el ámbito que dirige. Para exigirle responsabilidades parecería necesario demostrar que colocó personalmente la traviesa defectuosa, apretó el tornillo equivocado o hizo la soldadura con sus propias manos.
Con ese criterio podríamos ahorrarnos los ministros. Bastaría con contratar portavoces.
Otro tercio más, porque el mismo contorsionismo moral aparece con la vivienda. “Con los fondos buitre o con las familias” declaraba la portavoz del PSOE, Montse Míguez, el 2 de octubre en el Congreso de los Diputados. Días después conocimos que el buitre era ella. Para ser precisos su pareja, consejero delegado de un holding inmobiliario con 30 pisos. Absolutamente desquiciada, afirmó en un programa televisivo que “todo es perfectamente legal”. Claro, los dueños del piso de Maricarmen también lo hicieron todo legal y eso no os impidió llamarles buitres carroñeros desde el Consejo de Ministros.
En este mismo tercio, el ministro al que llenaban los paradores de prostitutas sin que se enterara de nada, Óscar López, acusaba a Isabel Díaz Ayuso de “apoyar a los fondos buitre”. Ahora sabemos que su propio ministerio desahucia a personas de viviendas públicas propiedad de MUFACE (la misma sociedad, por cierto, que alquilaba por cuatro perras al padre de Begoña Gómez el edificio donde se ubicaba una de las famosas saunas/prostíbulo).
Podríamos poner decenas de ejemplos, pero por no eternizarnos, acabemos (sic) con la juez Biedma. Una magistrada que investigó al hermano de Pedro Sánchez y que ahora dispone de protección policial mientras la Audiencia Nacional investiga una presunta operación del PSOE para eliminar a jueces incómodos.
El patrón se repite demasiado como para no observarlo. Dime de qué presumes… Todo comienza proclamando una virtud. Después esa virtud la conviertes en patrimonio político propio. A continuación, la utilizas para señalar moralmente al adversario. Y cuando los hechos demuestran que tú mismo incumples aquello que predicas, aparecen las excepciones, el contexto o el ataque contra quien osa señalar la contradicción. El rey va desnudo. El resultado es una curiosa forma de impunidad moral. Ya no importa lo que haces, sino aquello que dices representar. La realidad es indiferente, únicamente vale el relato. Feministas aunque hablen de mujeres como mercancía. Austeros aunque guarden una fortuna en joyas de dudosa procedencia. Clase trabajadora aunque lleven un tren de vida millonario. Defensores de la vivienda que desahucian a personas. Paladines del derecho mientras persiguen a jueces incómodos.
La ficción puede mantenerse durante mucho tiempo. Ocho años llevan estos. Requiere buenos discursos, buenos eslóganes, muchos asesores, mucha prensa comprada y una cantidad considerable de propaganda. Hasta que todo se desmorona, condición necesaria para que España recupere la decencia.
Contenido patrocinado
También te puede interesar