Una esperanza para el sistema de I+D en EEUU

Publicado: 18 oct 2026 - 00:39
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Hace 81 años, el presidente Roosevelt encargó a su asesor científico Vannevar Bush un documento sobre cómo desarrollar la mejor ciencia en EEUU, abordando cuatro cuestiones: uso militar de la ciencia, lucha contra la enfermedad, dinamización del sistema científico y desarrollo del talento. La respuesta llegó en 1945 con “Ciencia, la frontera sin fin”, que propuso, entre otras medidas, la creación de la National Science Foundation y transformó la política científica estadounidense. 82 años después, Donald Trump planteó a Michael J. Kratsios, director de la Oficina de Política Científica y Tecnológica de la Casa Blanca, tres preguntas: cómo mantener el liderazgo estadounidense en tecnologías críticas como IA, cuántica y nuclear; cómo revitalizar la ciencia reduciendo burocracia y empoderando a los investigadores, y cómo lograr que la ciencia y la innovación impulsen el crecimiento económico y el bienestar.

La respuesta llegó el 21 de julio de 2026 con “Ciencia: una nueva edad de oro”, posible hoja de ruta de la política científica estadounidense. El documento redefine la relación entre ciencia, transferencia e industria y se acompaña de un memorándum con acciones previstas para los presupuestos de 2028. Establece seis grandes misiones nacionales: IA, computación cuántica, fusión nuclear, espacio, robótica y semiconductores, y propone reforzar infraestructuras, conectar I+D y fabricación y transformar los mecanismos de apoyo a la ciencia.

En mi opinión, la propuesta se articula en torno a varias transformaciones fundamentales para el ecosistema científico y tecnológico. En primer lugar, defiende la necesidad de reinventar la infraestructura científica sustituyendo el tradicional modelo lineal de investigación-innovación por procesos de iteración continua, al tiempo que sitúa al investigador en el centro mediante la reducción drástica de la burocracia y la creación de ayudas “portátiles” inspiradas en las ERC europeas (el investigador “se puede llevar el proyecto” donde quiera). Para respaldarlo, propone diversificar la financiación con ayudas rápidas para proyectos de alto riesgo, además de apoyarse en instituciones independientes y agencias especializadas en investigaciones de gran impacto.

En el informe se subraya también la importancia de fortalecer la soberanía tecnológica en áreas estratégicas como la inteligencia artificial, la computación cuántica y la energía nuclear, lo que exige tanto investigación avanzada como capacidad nacional de “prueba y fabricación”, acompañadas de reformas regulatorias que agilicen los trámites en sectores clave. Esta visión conecta directamente la ciencia con la base industrial, reconociendo el valor del conocimiento técnico y la reindustrialización para sostener la competitividad. En este marco, la IA se posiciona como un motor central a través de iniciativas como la “Misión Génesis” (concebida como un “Proyecto Manhattan” moderno) para multiplicar la productividad científica mediante supercomputación. Todo este avance debe sustentarse sobre pilares de alta rigurosidad, transparencia y datos abiertos para garantizar la reproducibilidad de la “ciencia de oro”, al tiempo que se salvaguarda la seguridad del ecosistema, se reduce la dependencia del talento temporal y se alinean los incentivos con los intereses estratégicos nacionales. El documento aparece, sin embargo, en un contexto muy controvertido. La Administración Trump ha despedido personal de agencias científicas, aplicado recortes, cancelado o congelado subvenciones y mantenido conflictos con determinadas universidades.

También preocupa la reducción del papel de las universidades y la menor prioridad de las ciencias de la vida, con el temor a recortes en los institutos nacionales de salud. A ello se suma una posible sobredimensión de la IA como elemento casi obligatorio de cualquier desarrollo científico. Especial controversia genera la propuesta de reducir un 40 % la financiación de la National Science Foundation y la posibilidad de que cargos políticos revisen subvenciones federales para impedir proyectos considerados contrarios a determinados valores nacionales.

El “documento Kratsios” nace, por tanto, en aguas turbulentas. Algunas de sus propuestas podrían actuar como revulsivo para el sistema estadounidense de I+D, aunque hoy está lejos de contar con el consenso que acompañó al documento de Vannevar Bush. Probablemente será necesaria cierta perspectiva para juzgar su verdadero alcance.

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