José Teo Andrés
La vivienda, antes que nada
Puede que, de los mandatarios que pueblan los pasillos de la Asamblea de las Naciones Unidas, Pedro Sánchez sea uno de los que tienen motivos para estar más atribulados, aunque nada en su rostro tallado en piedra, ni su sonrisa un poco giocondesca, lo demuestre. No, Sánchez no es el centro de un mundo dominado por un insoportable Trump que dice que "el ganador se queda con el botín" y hace que las delegaciones de Cuba e Irán se marchen, indignadas y vejadas, del recinto que debería ser la sede de la diplomacia y el diálogo. Pero consta que hay representantes que a nuestro Sánchez le miran con esperanza, como si repersentase una opción inédita. Y nadie puede discutir que Delcy Rodríguez, la muy peculiar jefa del Estado venezolano, la mujer hoy de moda en NY, realizó una auténtica maratón asamblearia para plantar un ósculo en la marmórea faz del presidente español.
No, no me escandaliza el beso de Delcy, la mujer que estuvo a punto de compartir destino carcelario con su antecesor y aliado Maduro y ya ven dónde paró: cediendo el petróleo nacional a un Trump que en cada sesión multilateral se hace más rico. Ni critico ni alabo el hecho de que Sánchez declinase, con pretextos poco creíbles, la invitación a la recepción de bienvenida del citado Trump. Me parece mucho más preocupante constatar que el mundo se ha partido en dos más claramente que nunca y no saber en qué lado estoy, estamos. ¿Trump?¿Xi?¿Irán?¿La Habana?¿La UE? Pero ¿sabe la UE dónde está ella misma? El caso es que donde no estábamos, y nadie nos explica por qué, era en la recepción del amo de la Casa Blanca.
El mundo, ya digo, partido en dos por un muro inevitable, y España, dividida por el muro de siete contra cinco. O sea, los miembros del Tribunal Constitucional, que debatieron, en el fondo, si el anteayer llamado 'golpista' Puigdemont regresa ya mismo, triunfal y desafiante, a sus tierras catalanas; increíble volatín en un universo de giros impensables. ¿O es que alguien creía que lo de Delcy, que teóricamente ni siquiera puede entrar en Europa y estuvo en Madrid de tapadillo, podría llegar a donde ha llegado? ¿O que el hombre más poderoso pudiese declarar tranquilamente ante el micro del mundo mundial que se ha quedado, como Ali Baba, con el botín?
Lo de Sánchez es otra cosa, claro. A Sánchez, aplaudidopor muchos en Nueva York, se le acumulan las malas noticias llegadas de casa. España, país al que le encanta partirse en dos a la menor oportunidad, se ha lanzado a una bronca sin par sobre si debe o no ser un jurado popular quien se ocupe del 'caso Begoña' (para no ocultarme, yo soy de los que piensan que no, aunque decirlo me coloque en este país cainita entre los sospechosos de pesebrismo. Menos mal que el juez Peinado se jubila este domingo). Y, abramos otro capítulo, mañana deberíamos saber la procedencia de las joyas, el botín -de nuevo la palabra, de nuevo Ali Baba-- encontrado en la caja fuerte de nada menos que alguien que fue presidente de nuestro Gobierno, en la cuarta potencia económica, creo que lo seguimos siendo, de la UE.
El panorama, al regreso del discurso presidencial ante la Asamblea General, se presenta bastante inquietante para el aún inquilino de La Moncloa. Pero él, aplaudido por no pocos en el otro lado del Océano, parece sentirse encantado hasta por el hecho de que Delcy acuda a besar su mejilla. Yo que él, intentaría quedarme allá, en la ONU, ahora que se va a producir un vacío de poder en la inoperante Organización donde lo sorprendente cada día sorprende menos: tal vez allí encuentre un puesto al sol, como Yolanda Díaz en la OIT. Aunque allí haya que convivir con Trump, que siempre hace muy animados, y muy peligrosos, estos encuentros multilaterales. Y Sánchez, qué casualidad, está en el centro de todas las tormentas. Y el peligro ya se ve que le gusta.
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