José Teo Andrés
A ferrería, por ejemplo
Dos concejales (de Unidas Podemos) del Ayuntamiento de Cáceres han propuesto que el municipio declare 'persona non grata' a Donald Trump. Una demasía, claro, porque el interesado, que es sin duda individuo que a quien suscribe le es poco, o nada, grato, jamás se enterará de la iniciativa de los émulos de Irene Montero y Ione Belarra, esas dos señoras que quieren también declarar 'non grato' a Adolfo Suárez o a Julio Iglesias, olvidando, como tantos olvidan, la presunción de inocencia. Y conste que tampoco es que la figura del cantante, de quien guardo algún recuerdo personal poco agradable, me resulte especialmente simpática, lo digo para lo que valga, que es escaso, ya lo sé.
Traigo aquí el ejemplo de los dos concejales cacereños, de quienes me tengo que se están descojonando -así lo digo, porque no encuentro término más apropiado- los cien mil habitantes de la bellísima ciudad extremeña, porque me parece que ya va siendo hora de desterrar de este país cainita la fea costumbre de declarar 'non gratas' a las personas que no nos gustan. Al rey emérito, tras sus últimas trapisondas, hay quien, incluso desde instancias oficiales (de nuevo ligadas a Podemos, sobre todo) le quiere quitar hasta el nombre que se les dio a algunos hospitales y centros públicos, como si fuese la estatua de Franco, que mira que costó sacarla de la plaza del Ayuntamiento de mi Santander natal. Casi tanto, ahora que hablamos de Cantabria, como borrar el nombre de Carrero Blanco de las paredes de mi Santoña, donde el almirante había nacido y donde tanto pelota gastó tanto tiempo en elogiarle... mientras tuvo mando en tropa, claro.
Pues eso: que decía que no hay 'personas non gratas', ni nadie debe ser ingrato para sus semejantes. Hay personas, eso sí, que merecen un castigo y repudio por sus acciones, pero, mientras eso no se sustancie en instancias judiciales, no merecen, como les ocurre a Mazón y compañía, que les llamen 'asesinos', porque no lo son: todo lo más, unos ineptos y quién sabe si también un poco rijosos, pero hasta ahí.
Hemos caído en la demasía, y, así, nada menos que un portavoz del más numeroso grupo parlamentario en la Cámara Baja se deleita diciendo que el Gobierno de Pedro Sánchez es 'un mafioso internacional', y no falta quien haya dicho, nada menos, que Zapatero, por su mediación en Venezuela, es 'un narcotraficante'. Toma calumnia. Sin que desde el bando socialista hayan faltado, naturalmente, contrarréplicas tanto o más desorbitadas: pues ¿no se ha llegado a acusar a Rajoy de cómplice del narcotráfico a cuenta de aquel viaje en barco?.
Olvidan unos y otros que las palabras las carga el diablo y son la cuña que horada el sistema de una manera más eficaz e irreparable. Aunque también es cierto que, como decía Talleyrand, lo excesivo se convierte en irrelevante: a ver si, a base de hacer el ridículo declarando a Trump 'persona non grata', gentes como los concejales cacereños, o como doña Irene Montero con Julio Iglesias, acaban haciendo buenos al chiflado del pelo naranja o al cantante a quien yo jamás, sin pruebas, llamaré acosador, pero sí uno de los personajes más cursis del mundo, dicho sea con perdón y a título, claro, estrictamente personal y con ese 'animus iocandi' que hace que todo se te perdone.
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