Los periodistas de la Transición nos estamos muriendo

Publicado: 07 may 2026 - 03:30
Opinión.
Opinión. | Atlántico

Cuando un amigo cercano, un referente o incluso un enemigo cordial se te muere, se te abre un abismo en el alma: nunca más le verás, ya jamás compartirás con él o ella la indignación ante ciertas noticias, acabaron para siempre las discusiones políticas, la sana rivalidad por estar mejor informado/a. Digo esto porque se nos ha muerto la penúltima de los últimos que vamos quedando, Soledad Gallego-Díaz, que fue muchas cosas, mi compañera de curso en la Escuela de Periodismo o mi directora en El País entre otras. Una de las grandes. Como Fernando Onega, o Raúl del Pozo, o Fernando Reinlein, o Diego Carcedo, o Fernando Pajares, o Alfonso Ussía, o... seguramente me dejo, en el recuento triste de este minuto, a alguno de los que tan apresuradamente se nos han ido en estos últimos tiempos.

El caso es que, situados en uno u otro campo ideológico o de la práctica de esta profesión, en muy pocos meses se nos acumulan muchos vacíos, compañeros que hicieron mucho por la libertad, por la democracia, por un debate saludable en estas dos Españas que raras veces discuten sin acritud y, en las que, como decía Bismarck, siempre estamos para destruirnos unos a otros, todavía sin haberlo conseguido del todo, que a este paso todo llegará.

Son, somos, los periodistas de la Transición. Los que vivimos una época que creímos incomparable porque pensábamos, erróneamente, que nunca más íbamos a vivir algo tan intenso como la muerte del dictador y la construcción de una democracia. Nos equivocábamos. Sol apenas llegó a percibir los primeros fastos celebrando el medio siglo del periódico en el que invirtió casi toda su vida profesional, su vida. Pero escribió su columna semanal hasta el último minuto, porque nosotros somos de esa gente algo absurda a la que le gusta morir con las botas puestas, con lo que aprietan cuando se te hinchan los pies de tanto andar.

Quedamos ya pocos, quizá no los primeros espadas, pero aquí estamos, recordando, creo, que noticia es todo aquello que alguien no quiere que se publique, que periodismo significa tratar de contar la verdad y no nuestra verdad, que la ética y la estética son a veces más importantes que el Código Penal y todas esas cosas que de alguna manera nos han ido forjando y tallando como en piedra. Nos hemos vuelto acaso cínicos porque vemos demasiadas transgresiones a lo que nunca se debió transgredir, conocemos a demasiada gente excesivamente apegada al poder, y porque en el fondo no creemos que cualquier tiempo pasado fue mejor. Ni peor, y aquí estamos para demostrarlo día a día.

Sí, Sol era, desde una cierta lejanía pese a -o quizá a causa de-- los muchos años conociéndonos, una referencia en este mundo de locos en el que ahora nos toca vivir, un mundo que nunca, durante nuestro primer medio siglo de ejercicio profesional, pudimos soñar que habitaríamos. Y menos aún que lo contaríamos a nuestro conciudadanos.

Creo que, lo mismo que hay dos Españas, hay dos periodismos: el de Sol, Raúl, Fernando, Diego, etcétera, y el que siempre anda haciéndole el juego a alguien, normalmente acudiendo en socorro del vencedor. Lo peor es que el primero se nos va muriendo, nos vamos muriendo, ni siquiera poco a poco; a borbotones.

Contenido patrocinado

stats