Jenaro Castro
La princesa ilustrada
Rumbo a Canarias, el MV Hondius se cruzará probablemente con los cayucos de la desesperación. Se trata de naves distintas, una, un crucero de lujo con wifi, estimulante vida social y camarotes de diseño sesentero; las otras, barcas descangalladas en las que se hacinan, revueltos, los muertos y los vivos. Vagan por el mismo mar, cerca la una de las otras, pero pese a lo disímil de sus naturalezas, los pasajeros de ambas anhelan lo mismo: escapar de una pesadilla.
Unos ratones andinos que no se han enterado de nada han prendido la alarma en un mundo que, en puridad, vive ya en alarma permanente. El hantavirus del crucero ha traído de vuelta al fantasma del coronavirus que segó tantos millones de vidas y tras el cual y su confinamiento se suponía alegremente que íbamos a ser mejores, y lo que era un bonito buque para gente de perras sedienta de aventuras "diferentes" y un punto ecologistas, se ha convertido en un paria del mar, en uno de esos barcos errantes de novela que no quiere ningún puerto. Los cayucos con los que se cruza, aunque parias también, mucho más parias, pertenecen a otra clase de novelas, las de la cruda realidad de los fugitivos del hambre y la miseria.
Los miles de dólares que cuesta un viaje de placer en el MV Hondius significan poco para sus pasajeros, y mucho, en cambio, lo que les cuesta a los de los cayucos el suyo que no es de placer exactamente, la vida misma en tantos casos. Sobre uno planea hoy la sombra de un contagio que se ha cobrado ya tres vidas a bordo, pero pasaje y tripulación serán finalmente acogidos, y atendidos, y sanados, y su dramática peripecia será objeto de reportajes y entrevistas, y hasta puede que de algún libro y alguna serie. No habrá de ocurrir lo mismo con los pasajeros de las barcas atestadas con las que se cruza, que quedarán, si vivos o muertos, innominados. Es el mismo mar, parecida zozobra, pero a excepción de eso, nada es lo mismo.
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