Ramón Pastrana
Cortina
Se suceden en los últimos días encuestas y reflexiones sobre una desafección general creciente hacia los partidos y los políticos que los dirigen, pues ellos son los que toman decisiones e implantan estrategias que llevan a ese distanciamiento de la opinión pública que tal como evolucionan los acontecimientos parece tener difícil solución.
Los dirigentes de las principales formaciones se cruzan acusaciones sobre responsabilidades en torno a la realidad a la que se ha llegado. Todos tienen su cuota y no pueden ampararse en el manido y tu más.
El ejercicio del poder exige máxima pulcritud y como la mujer del césar, no sólo ha de ser, sino parecer. Por eso toda adjudicación o encargo realizado desde las administraciones públicas ha de estar sostenido por papeles y que éste sea capaz de resistir las exigencias y garantías incluidas en la legalidad vigente, así como revestidos con el suficiente músculo ético para aguantar cualquier cuestionamiento que pudiera hacérsele.
Por eso cuando benefician a un familiar directo de quien preside la toma de decisiones, los criterios seguidos deben rebasar ampliamente todo resquicio de duda a base de informes técnica y profesionalmente inexpugnables. Los lazos afectivos con quien ostenta el poder pueden ser un honor para quien los disfruta, pero conllevan peajes de estricta observancia. El más importante, huir de cualquier atisbo de trato de favor.
Es tan larga la experiencia a la hora de hacer caso omiso al recto proceder en el ejercicio de la actividad política, que a la ciudadanía no se la puede someter a una sangría constante que socava la exigua credibilidad de las instituciones y alimenta ese virus que genera una creciente fiebre centralizadora en detrimento de la capacidad de autogobierno.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Lo último