Fernando Jáuregui
Dos decretos, dos gobiernos, dos acampadas, dos Españas
Nunca se me había presentado tan clara la imagen de las dos Españas como en estos días en los que todo se fracciona: dos decretos sobre dos concepciones de la vivienda; dos gobiernos cada cual con su decreto; dos puntos neurálgicos, en el Madrid de las grandes galas oficiales y en el de la acampada en la Puerta del Sol. Y dos discursos cada vez más distanciados, en la derecha y en la izquierda, sobre el futuro del país, un territorio comanche donde parece imposible la reconciliación.
Lo confieso: estoy muy preocupado. El verano ha sido pésimo en cuanto a la acción gubernamental y anodino en cuanto a la de la oposición. Este miércoles (lo digo cuando esto escribo) venció un nuevo plazo constitucional para presentar los Presupuestos y desde el Gobierno ya ni siquiera se ensayan excusas: el incumplimiento de la Constitución ha adquirido el carácter de consuetudinario, se ha normalizado. Es como la solución definitiva al problema ya secular de la vivienda en España: desde los estamentos oficiales te admiten, 'sotto voce', que no hay remedios infalibles.
Pues eso: que parece que no hay manera de que la Constitución se cumpla. O/y se reforme, pero de eso pierda usted cuidado: mientras no haya un entendimiento entre PSOE y PP no habrá nada que hacer. Ni en la reforma de la ley fundamental, ni en la solución de la vivienda, ni en Ceuta, ni en nada. Es como una maldición: siempre digo, ahora que está por estos lares Macron, que nuestras fuerzas políticas podrían aprender un poco del arte del diálogo y no profundizar siempre en el del desplante.
Y así, mañana, en un pleno extraordinario, convocado, claro, a toda marcha, en la Cámara Baja de nuestro Parlamento, asistiremos, si Dios y nuestros políticos no lo remedian, a un nuevo espectáculo similar, pero aumentado, al que vemos cada miércoles en las sesiones de control parlamentario al Gobierno: sal gorda disparada desde la improvisación, ganas de espectáculo barato, talante insultante, cero respuestas y, en resumen, nada de comer. O de habitar, ya que hablamos de vivienda.
Si se me permite, tras un somero estudio de los decretos alumbrados el pasado martes por el Gobierno (¿o debería decir 'por los gobiernos'?) he de reafirmarme en que se trata de un parche, un aplazamiento por dos años de un problema que habría de atajarse con infraestructuras y dinero, no con leyes de última hora e imposiciones. Así que de lo que se trata es de vaciar la Puerta del Sol de protestas, alejar el núcleo del conflicto de las próximas campañas electorales, que es el único punto en el que las varias Españas confluyen: en pensar muy preferentemente en ganar las elecciones, descalificándose una España a la otra y acusándose mutuamente de ser los culpables de todos los males de la nación. Y por fortuna, al menos, no tenemos que decir 'las naciones'. Todavía.
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