Fernando Jáuregui
Dos decretos, dos gobiernos, dos acampadas, dos Españas
Es otoño. Otoño gallego y madrileño que huele a tierra mojada y a principio de algo. La estación que no promete eternidad, pero sí transformación, porque las hojas caen para que otras cosas nazcan, como las esperanzas en la Puerta del Sol, ese refugio donde la gente acampa como si fuera un festival permanente de respira y aguanta. Allí, mientras se amontonan colchones, se esperaba que el Gobierno se ponga las pilas y legisle para el pueblo. Se nos recuerda que sigue en temporada la fiesta del hagan su trabajo. Pero ojo, que este otoño trae invitados no invitados, son esos buitres, no de los naturales sino de los fondos de vivienda. Esos que vuelan bajito, con la mirada puesta en sacar tajada. El debate nuevo en el Congreso debería pasar por prohibir que los fondos buitre compren pisos de forma especulativa. Prohibir que compren. No expropiar, que ya ha dicho Óscar Puente que eso cuesta 130.000 millones y que confundir expropiación con expolio es de primero de izquierdas.
Mientras tanto, el dato que nadie pone en pancarta es que, en el primer trimestre de 2026, el 64,9% de los desahucios fueron por impago de alquiler. No es okupa contra propietario. Es inquilino contra nómina que no llega. Y aquí está nuestro humor patrio, que es trágico. En España tenemos el fondo buitre americano, con sede en Delaware, uno de los mayores centros bancarios de EEUU, que te compra 5.000 pisos de un plumazo y no sabes ni quién es. Blackstone, Cerberus y un largo etc. Visten traje y hablan inglés. Y después tenemos el fondo tortuga español, con sede en el BOE. Es ese señoría que dice por la mañana que la vivienda ha de ser para vivir y por la tarde actualiza su declaración de bienes con un piso en Madrid, piso en la playa, piso de la abuela que es para los niños y bajo comercial que está vacío y que no da rentabilidad. El primero te desahucia con un burofax que da miedo y el segundo te sube el alquiler más rápido que tú puedes decir contrato indefinido.
Hemos conseguido lo más difícil, que es que la gente le tenga más simpatía al buitre de verdad. Porque el buitre al menos no tiene Instagram diciendo que comprende la angustia de los jóvenes.
La ironía máxima es que todos los grupos están de acuerdo en que hay que meterle mano al fondo buitre. Sumar no quiere que compren más, Junts está en la misma, Podemos quiere expropiar 650.000 pisos. Pero si miras bien, el gran casero de verdad no es un fondo, es un apellido famoso o un diputado con tres pisos y cuatro plazas de garaje. Le llamamos fondo buitre al que tiene 5.000 pisos. ¿Cómo le llamamos al que tiene cinco y cobra dietas por desplazamiento a Madrid teniendo casa en Madrid? ¿Fondo cuervo? ¿Fondo hámster acumulador?
El debate que se cuece habla de bonificaciones fiscales por bajar alquileres y blindar el parque público. Todo muy bonito. Pero nadie ha propuesto prohibir que los legisladores puedan tener más vivienda que la que pueden habitar. Una para vivir y, si acaso, media para veranear. Lo demás, al parque público fuera de webs de alquiler. Si no, la acampada de Sol va a acabar como siempre lloviendo, con jóvenes mojados pidiendo contratos indefinidos, mientras en el despacho se decide que la vivienda es un derecho, pero mi tercera vivienda es mi plan de pensiones. Y eso, en otoño, cuando todo se transforma, es lo que nunca cambia.
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