Fermín Bocos
Los espejismos del CIS
El último aniversario de la Constitución, el pasado mes de diciembre, registró algunas alusiones a la necesaria reforma de la Carta Magna. El acto institucional de este martes, también presentado en la Cámara Alta por la presidenta del Congreso, careció de este espíritu reformista mostrado en otro acto solemne, el del 48 aniversario de esta Carta Magna, hace poco más de tres meses. Fue el de este martes un homenaje a 'la Constitución más longeva de nuestra Historia', algo más de diecisiete mil doscientos días de duración, como si solamente por ello la ley fundamental ya estuviese blindada de cualquier modificación, como si ya fuese intocable e inalterable.
Debo reconocer que no entendí el fundamento de este acto, al que asistieron los máximos representantes institucionales y muchos parlamentarios que lo fueron durante los años de la Transición, y al que faltaron los usuales representantes en el congreso y el Senado a los que la Constitución no les sirve como símbolo del Estado simplemente porque tampoco desean convivir en este Estado. Así hay que decirlo, porque así es, y eventos protocolarios, presididos por los Reyes, exposiciones oficiales y esfuerzos carentes de verdadero contenido no van a hacer que este estado de cosas cambie.
Siempre me he pronunciado, y aprovecho cada oportunidad para volver a hacerlo, en el sentido de que el mejor homenaje que puede hacerse a nuestra ley fundamental es, hoy por hoy, reformarla en aquellos aspectos en los que ya no nos sirve. Y estos aspectos existen, aunque no sea más que porque la coyuntura ha cambiado profundamente en este medio siglo, y jamás se ha dado una época de transformaciones tan totales en nuestras vidas como ahora.
Sin duda, nuestro texto constitucional tiene ya muchos aspectos -no solo artículos concretos, sino incluso Títulos-reformables. Lástima que nuestras fuerzas políticas, más distanciadas ahora que nunca, sean incapaces de abordar una nueva etapa constituyente, con todas las ilusiones, esperanzas e ideas modernas que indudablemente necesita nuestro país para ser esa democracia ejemplar a la que este martes se refería, me pareció que de manera más bien obligada que por convicción, la señora Armengol.
Probablemente, la actual Constitución de 1978 sigue siendo válida... en sus líneas generales, en su intención integradora de las tradicionales dos Españas. Pero los numerosos conflictos que continuamente se producen acerca de si determinados actos, decisiones o leyes son ajustados a la Constitución muestran a las claras que es preciso precisar, modificar y ajustar el texto fundamental a las nuevas realidades. La actual, tal como está, no puede ser la Constitución de los tiempos en los que reinará Leonor I. Y es en esos tiempos, mucho más que en el cortoplacismo de quién gobernará en 2027, en los que habríamos de ir pensando ya.
No cometeré, claro, la arrogancia de pretender transcribir aquí todos los cambios que, a mi juicio, se precisan. Son bastantes, a mi juicio. Solo diré que la Constitución de 1978 debe ser precisada, europeizada, autonomizada, digitalizada y, sobre todo, volcarse en la defensa del Estado en su unidad y en su actual forma monárquica. Soy consciente de que, criticándola en lo que hoy de criticable tiene, presto mi modesto servicio al periodismo y al progreso, nunca al derrotismo ni al desánimo. Por lo demás, viva la Constitución, por supuesto.
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