Atlántico
Vigo ayer, Vigo hoy
En la década de los sesenta, cuando mi familia llegó hasta este rincón del Noroeste, Vigo era una ciudad pujante como pocas en Europa, con un crecimiento espectacular propio de la China de hoy, tanto en su economía como en residentes: sumaba 5.000 habitantes al año con facilidad gracias a una natalidad superlativa y a un río de miles de personas venidas desde todas partes, la mayoría del resto de Galicia, para echar raíces frente a la Ría. Un enorme imán que se basaba en tres pilares: la construcción naval, la pesca industrial y la automoción. Sesenta años después, Vigo ya apenas crece en lo económico, menos aún en población, pero se mantiene sobre tres soportes esenciales: la automoción (que el año pasado batió récords de producción), la construcción naval (que en 2025 fue la primera de España en el sector privado) y la pesca industrial, con grandes cifras de actividad gracias sobre todo a las pesquerías en África, Argentina o Malvinas. Es decir, en este largo período que va desde el último tercio del siglo XX al primer cuarto del XXI, se podría decir que nada ha cambiado en Vigo en cuanto a su base productiva, que en líneas generales continúa siendo la misma: montar coches, botar barcos y traer proteína del mar hasta los mercados de Europa (el año pasado, tanta como para cubrir las necesidades de toda España), si se quiere, con el añadido del turismo. Lo que ha cambiado es que hace 60 años la empresa franco-española Citroën Hispania solo tenía una planta en la península y ahora la multinacional Stellantis cuenta con cuatro. Que el empleo en el naval era diez veces o más que el actual y en este período han desaparecido varios astilleros, el último San Enrique, heredero de Vulcano. Y que la pesca se mantiene gracias a las empresas mixtas, con recortes crecientes en las aguas comunitarias. Otras ciudades han encontrado nuevos caladeros empresariales, mientras Vigo resiste -bastante bien- en el XXI con material del XX.
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