Autónomos

Publicado: 29 abr 2026 - 01:10
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Opinión. | Atlántico

Manifestarse en huelga supone un frescor que un buen número de hombres y mujeres no puede permitirse. Son estos unos superhéroes sin Hollywood ni attrezzo. Si paran, no facturan. Si no facturan, no comen. Si no comen, no trabajan. Y si no trabajan, Hacienda sospecha. La cadena alimentaria del autónomo es así de simple y de cruel. Un círculo vicioso perfectamente diseñado para que ese empresario individual siga adelante, sacrificado y sudoroso, como un gladiador administrativo que lidera el cartel de no subordinado.

Los datos oficiales confirman que el autónomo español vive en una especie de estado de alerta permanente con cuotas que suben sin avisar, inspecciones sorpresa, normativas que cambian más que el tiempo en abril, plataformas que pagan cuando les parece, pero siempre tarde y mal, y un calendario fiscal que parece diseñado por un guionista de suspense. Con este panorama, convocar un paro sería casi un acto de ciencia ficción.

Mientras las huelgas de distintos colectivos reclaman mejoras laborales, estabilidad, conciliación y derechos, el autónomo asiente con entusiasmo diciéndose para sus adentros Qué razón tienen, ojalá yo pudiera pedir eso también. Pero no puede. No porque no tengan motivos, que los tienen, y a pares, sino porque, sencillamente, les perjudica el mes. La huelga, para ellos, es un concepto filosófico, casi poético, como una idea hermosa que los que no lo son disfrutan y, a veces, envidian. El autónomo observa la actualidad con una mezcla de solidaridad y envidia. Él también querría plantarse, claro que sí. En España las huelgas brotan con la misma facilidad que los titulares alarmistas y este colectivo es poco frecuente en pancartas porque para pedir derechos primero hay que tenerlos. La gran ironía es que, si algún día los autónomos decidieran convocar una huelga general, España se paralizaría. Se pararía no por la huelga en sí, sino porque nadie sabría cómo emitir una factura, arreglar la fontanería, reparar un enchufe o el coche, contar que la tienda de la esquina está abierta, diseñar un cartel, llevar una contabilidad, escribir un artículo o arreglar un ordenador. Y todo por ese ejército silencioso que sostiene la economía desde la trinchera del ya te lo envío hoy mismo, y que además lo cumple porque es su seguro de continuidad. Lo duro es que a final de mes hay que tirar de algún amigo para cubrir la salida mensual de ocio sino quiere quedarse en casa.

Ahora, para rematar la faena, llega la nueva mutación del autónomo, el autónomo‑influencer. No basta con trabajar; hay que demostrar que se trabaja. Hay que grabarse, editarse, promocionarse, gustar, generar comunidad, mantener el algoritmo contento y, de paso, facturar. El futuro, dicen algunos analistas, será de quienes sepan convertir su oficio en espectáculo. El autónomo, que ya era contable, comercial, gestor, creativo y psicólogo de sí mismo, ahora debe ser también su propio departamento de marketing digital. Un showrunner de su propia supervivencia.

Cada día el autónomo vuelve al trabajo. Sin huelga. Sin pausa. Sin manual de instrucciones. Y, probablemente, con un vídeo corto que subirá a redes para que el mundo sepa que sigue ahí luchando, produciendo y sobreviviendo. Porque en este país, para ser autónomo, ya no basta con ser bueno, hay que ser visible y las nuevas generaciones dicen saber mucho de ello. ¿Serán autónomos?

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