José Teo Andrés
Aquella copica para la Pilarica
El verano tiene los rituales de desprenderse de relojes, anillos, pendientes y cadenas antes de meterse en el agua, buscar un hueco en la arena y rezar para que no haya medusas. Este año la actualidad política ha decidido imitar a los bañistas porque también se desprende de joyas, también busca su playa y también teme a las picaduras.
La escena es casi costumbrista porque mientras los españoles dejan sus pertenencias en la toalla para darse un chapuzón, José Luis Rodríguez Zapatero descarga culpas sobre las alhajas que le regalaron, valoradas en 1,3 millones de euros, como quien deja un collar en el chiringuito y dice que no sabía que era de oro. España se pregunta cómo se puede uno desprender de tanto brillo sin que se note, igual que se pregunta cómo soltar responsabilidades sin que salpiquen. El verano político no se queda ahí. En Andalucía, la fauna marina ha decidido participar en la investidura. Vox actúa como una medusa en plena temporada alta. La metáfora funciona porque Vox se comporta exactamente como esa medusa que aparece cuando el agua está más caliente, los bañistas confiados y pica para que se note su presencia. No quiere hundir a nadie, pero sí dejar marca, y, sobre todo conoce que, si no se habla de ella, no existe.
La investidura de Juanma Moreno se ha convertido en una playa con bandera naranja uniéndose al lenguaje propio que suponen las telas ondeantes en mástil. La verde invita al baño, la amarilla pide prudencia, la roja prohíbe entrar al agua y la bandera naranja funcionaría como un semáforo de precaución porque viene cambio. No es prohibición, pero tampoco tranquilidad. Es el aviso de que algo se mueve bajo la superficie.
En política, este verano también ondea una bandera naranja. Y como siempre, hay tres tipos de bañistas, los que la pasan de largo, convencidos de que no va con ellos. Los que saben que pronto cambiará a rojo y se detienen antes de que sea tarde y los que con precaución tantean lo que les rodea antes de mojarse. La política andaluza vive exactamente ese momento. El presidente en funciones intenta nadar con estilo, sin hacer aspavientos, como quien quiere llegar a la boya sin que le rocen los tentáculos. Pero la Vía Andaluza se ha encontrado con una corriente inesperada porque Vox quiere demostrar que también sabe navegar; aunque sea a base de picaduras, esas que pinchan con la misma precisión y dejan un escozor parecido, aunque más duradero que las de una verdadera ortiga de mar.
La picadura clásica no se ve venir, la medusa funciona como un aviso del destino porque te metes al agua confiado, miras el horizonte como si fueras protagonista de un anuncio de crema solar. Y de pronto… ¡zas! una línea fina, transparente, casi poética, te roza la pierna y te deja un tatuaje provisional que escuece más que una mala declaración judicial. La picadura inesperada es la que viene con discurso y no solo pica, lo hace para que se note su presencia, para que nadie pueda decir que pasaba por allí sin molestar. Es como Vox en plena temporada alta de bañistas en la orilla, que contiene también la picadura social, esa que se comenta en el chiringuito generando conversación.
Todos somos bañistas y debemos saber que las medusas reales pican porque sí. Las medusas políticas pican porque les conviene. Y las medusas sociales pican porque el verano necesita historias. Pero todas tienen en común que cuando pican te acuerdas de ellas durante días, y a veces destruyen legislatura.
Contenido patrocinado
También te puede interesar