Manuel Orío
Estrategia equivocada
Gabriel Rufián dice que como demócrata tiene miedo, y, desde luego, ni siquiera hace falta ser Rufián ni demócrata para tenerlo, toda vez que como acertadamente afirma el político catalán, "ser mala gente te da votos". Es más, incluso los antidemócratas, es decir, aquellos que creen que la culpa de cuanto les aflige es la democracia, pagarían caro en sus personas eso de votar al mal, a menos que sean ricos o que funcionen como tales por tener unos cuantos pisos en alquiler a precios antisociales, desorbitados, cual es caso de sesenta y pico diputados de ese Congreso que tendría que arbitrar medidas contundentes contra la especulación salvaje de un bien básico como el de la vivienda.
Rufián tiene miedo, que es, paradójicamente en apariencia, lo que tienen los valientes, y como no lo tiene en la modalidad paralizante ha decidido echarse a la arena junto a otro que tampoco lo tiene, Emilio Delgado, para promover desde la izquierda una transformación en positivo de ese miedo como dique a la enloquecida ola reaccionaria, cuando no abiertamente facha, que amenaza la democracia, la justicia social, la libertad, la ética, la estética y el sentido común en su acepción de buen sentido comunitario. Fiados Rufián y Delgado en su actual popularidad mediática, deben entiender ésta como una poderosa palanca para concitar adhesiones y en su día votos, disputándoselos a la extrema toxicidad política encarnada, por ejemplo, en Ayuso, que condecora como benefactor de la hispanidad a quien persigue, caza y maltrata a los hispanos. Sin embargo, antes de lidiar con eso habrían de hacerlo con el morlaco propio, el de la inveterada división no sólo de la izquierda, sino de los demócratas en general, a la hora de afrontar esa faena de pura supervivencia de la civilidad.
Bildu, BNG y ERC también deberían tener esa clase de miedo, pero ya les han dicho a Delgado y a Rufián que nanai, que lo suyo no es de este mundo de todos, sino de sus pequeños mundos territoriales, y Sumar y compañía de alguna forma lo mismo al contraprogramar su acto fundacional. Rufíán, como demócrata, tiene miedo. Y así las cosas, ¿qué demócrata no?
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