Luis Carlos de la Peña
Cambio de posiciones
Nadie ha dicho que ser ministro del Interior sea un cargo fácil. Muy al contrario, en mi humilde entender es la cartera más ingrata y desagradecida de todas las que componen el Consejo de Ministros. De hecho y aunque parezca sorprendente, su actual titular el juez Fernando Grande Marlaska es uno de los pocos que sobrevive a los cambios desde el primer equipo que acompañó a Sánchez desde el día en que ganó la moción de censura y se convirtió en presidente del Gobierno. A mí particularmente me sorprende esta prolongada estancia porque Grande Marlaska ha pasado de ser un admirado, respetable y valeroso juez a un lamentable ministro del Interior, cuyo currículo está plagado de contradicciones, lagunas, errores y actuaciones incomprensibles. No se ha enterado o no ha querido enterarse de nada y si se ha enterado se lo ha callado a pesar de que, como titular del departamento que ostenta, tiene en su mano todos los resortes de información privilegiada y capacidad investigadora del país. Ha permitido el desarrollo de tramas de corrupción y actividades ilícitas generadas en su propio seno –el Gobierno del que forma parte- y se ha tragado sin rechistar toda la basura que se ha generado a la puerta de su propio despacho sin mover un dedo. Quizá por eso es por lo que sigue siendo ministro y es uno de los más veteranos del gabinete que no digo yo que no. Ver, oír y callar.
Pero si desde que es ministro, aquel juez ejemplar no ha podido volver a anudarse como es debido el nudo de la corbata que siempre aparece bailón como si fuera la soga de un ajusticiado, a lo mejor por la cantidad de angustia que le produce el cargo y sus innumerables cargos de conciencia, algo ha rebasado ya los cauces de la pura anécdota para dejar caer al ministro Marlaska en las garras de la ignominia. Hace un par de días, dos guardias civiles más se ha dejado la vida persiguiendo el narcotráfico como ocurrió hace todavía poco tiempo con otros compañeros que murieron en otra de las misiones de cartón piedra a las que les obliga un ministerio que los equipa con espadas de latón frente a unos criminales excepcionalmente pertrechados, resguardados al máximo y desarrollándose en un ámbito absolutamente favorable. El precio pagado por Marlaska le acompañará toda la vida.
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