José Teo Andrés
Aquel ministro en un AVE
Bueno, pues ya estamos en noviembre. Menudo mes nos espera. Fue precisamente hace casi un año, el 17 de noviembre de 2025, cuando, en un desayuno de Europa Press, el ministro de Transportes, Oscar Puente, nos regalaba a los asistentes una chapita para la solapa: AV350, decía. Y nos anunciaba eso, que pensaba poner a correr los trenes AVE a 350 kilómetros por hora, al menos, para empezar, en el trayecto Madrid-Barcelona, "igualando a China" y por encima de todos los demás.
Luego, en enero, fue lo de Adamuz y lo de Gelida y ahora, esto: ciento dieciséis muertos en total en nueve meses entre las tres catástrofes. Es inconmensurable lo que va de aquel momento de anuncios triunfales de AV350 hasta este viernes, cuando un Oscar Puente de camisa y pantalón arrugados venía a anunciar que no se descarta suspender durante dos años el tráfico ferroviario entre la capital y la Ciudad Condal, "y no solo por motivos de seguridad". Eso afectaría a unos catorce millones de viajeros, a los que hace un año se les ofrecía casi volar sobre los raíles. Menudo anuncio de precampaña.
O sea, que en un año menos unos días hemos pasado de la euforia de ser-los-mejores-del-mundo a no confiar en el AVE, según reconocía un Pedro Sánchez al que sus brillantes trucos de campaña se le han esfumado con el luto, y verás cuando se celebre el funeral de Estado. De ser el orgullo nacional, qué tiempos aquellos, hemos pasado a que el tren sea el clarín más clamoroso de cuanto funciona peor en esta España que en noviembre se asoma a un cambio profundo, quién sabe cuánto de cambio y cuánto de profundo, porque los timoneles de la transformación no acaban de aparecer.
Lo importante ahora no es si Oscar Puente, visiblemente deteriorado anímicamente, acabará o no dimitiendo. Lo importante es si ahora cambiarán las líneas maestras de una política que, y no me refiero solamente al Gobierno, está equivocada. Hoy nos ocupamos del inmenso dolor de los familiares y próximos de casi setenta muertos (no me atrevo a decir cuál será el conteo final) y mañana renacerán, cual dinosaurio de Monterroso, los escándalos, los trucos, las inveracidades, las corruptelas, las incapacidades, hoy relegados a página par, temporalmente tapados por los velones negros del luto.
Menudo día siniestro de Halloween, en el que, para colmo, los comerciantes tapiaban sus tiendas por temor a los locos de Blocus y la policía reforzaba la vigilancia en las calles previendo una noche negra de algaradas, por decirlo con un término suave. Menudo puente festivo, en el que las gentes, sin pretexto de mítines de una precampaña temporalmente suspendida, huyen, muchos en tren, qué remedio, en busca de un momentáneo sosiego en este mar de tempestades.
Quien pueda meditar ante este panorama, que medite. Pero ya digo que espero que las reflexiones de este 'puente' (la palabra está de moda, no cabe duda) en La Moncloa no deberían ser si se permite o no al ministro despavorido, que nunca debió haberlo sido, marcharse. Para mí, lo esencial sería escuchar, en las comparecencias públicas de la semana próxima, sean en la comisión permanente del Congreso, en los pasillos de la 'cumbre' iberoamericana o donde fuere, que quien todavía puede hacerlo ha entendido el mensaje enviado por las víctimas y por quienes ya no pueden soportar tanta zozobra. Lo hemos dicho tantas veces que parece ya un soniquete sin sentido: esto no puede continuar así.
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