Para que nada cambie

Publicado: 15 nov 2022 - 03:23

La novela “El Gatopardo”, es un relato del que probablemente tendrían noticia muy pocos salvo círculos exquisitos, si no fuera porque se la llevó Visconti al cine protagonizada por un inopinado Burt Lancaster que pasó de hacer acrobacias en la pantalla a desempeñar papeles trascendentes, demostrando que estaba mucho mejor dando volatines del trinquete al mayor y del mayor al mesana que poniendo cara de intenso. La escribió Giuseppe Tomasi di Lampedusa, un noble italiano de notable temperamento intelectual y rostro permanentemente cariacontecido, ambientándola en los días de la Unificación y tomando como referencia a su propia familia y sus sentimientos de casta y vieja estirpe ante la imparable llegada de la revolución y los tiempos nuevos.

De cualquier forma, de la novela que muy pocos han leído en realidad aunque todo el mundo dice haberlo hecho, -como le pasa al Quijote- ha quedado para la posteridad el viejo adagio que reza “cambiarlo todo para que nada cambie” que es lo que en realidad hicieron los artífices de Il Risorgimento para conseguir convertir un grupo heterogéneo de estados sometidos a distintas políticas y muchos de ellos en manos extranjeras, en un país razonablemente homogéneo y bajo una sola corona llamado Italia allá por 1870.

El “gatopardismo” no ha parado desde entonces, y se ha paseado por este país nuestro en boca de muchos políticos, muchos partidos, muchos programas y muchos gobiernos que adoptaron el cuento del cambio para que todo siguiera como estaba. Allá por el año 1982, Lampedusa y su máxima lampedusiana tomaron posesión de los editoriales de los periódicos sin que nadie supiera quién era uno y otro, cuando Javier Pradera, ideólogo del diario “El País” y comunista histórico, lo mencionó en un editorial el día que Alfonso Guerra vetó un episodio del programa “La Clave” porque Balbín se empeñó en llevar a la tertulia a un concejal de Madrid al que se había expulsado del PSOE y se había convertido en un dolor de muelas desde posiciones muy a la izquierda de la socialdemocracia. Aquello causó grade revuelo pero el episodio es ya historia, y un cuento propio de convento de monjas adoratrices comparado con lo de ahora en que la ministra portavoz quiere que los medios de comunicación guarden espacios para escribir y publicar lo que dicta el Gobierno. RTVE lo hace todos los días, pero alguno que otro se resiste a ello. Jugándose el pan de sus hijos, claro.

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