Manuel Orío
Huelga de médicos
Existen al menos dos palabras para designar el coleccionismo de tarjetas postales: “deltiología” y “cartofilia”. Inventadas en 1869 por el profesor austríaco Emmanuel Herman, las tarjetas postales se difunden por España a partir de 1871, editadas por la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. En 1878 la Convención Postal Universal generalizó su uso y aparecieron las primeras vistas de lugares. Entre 1897 y 1905 la casa Hauser y Menet, pionera de las artes gráficas en España, introdujo la tarjeta postal ilustrada utilizando fotografías reproducidas mediante la fototipia, fomentándose así su coleccionismo. Como el texto de la tarjeta quedaba a la vista, se pedía a los carteros que detuviesen la transmisión, incluso recurriendo a los jueces, de cualquier tarjeta postal que contuviese indicaciones contrarias al orden público o a la moral y buenas costumbres.
En la I Guerra Mundial, los soldados destinados a los diversos frentes solían recurrir a las tarjetas postales para comunicarse con sus familias. Era un medio más económico que una carta convencional y requería menos tiempo de escritura. Además, permitían la conexión entre el frente y la retaguardia, contribuyendo a mantener el ánimo de las tropas. También se utilizaban como un instrumento de propaganda, jugando con el patriotismo y la identidad nacional. La censura postal era practicada de modo frecuente por los gobiernos para evitar las críticas.
Si hoy llega a nuestras manos una postal de hace años nos encontramos con un testimonio del paso del tiempo, con una cápsula que contiene retazos de vida. Hace no mucho aconteció algo enormemente improbable: Un amigo de uno de mis hermanos encontró en un rastro de Madrid una postal con una imagen de nuestro pueblo y tuvo la amabilidad de hacerle llegar una foto de la misma. La sorpresa vino al identificar al destinatario, un hermano de mi madre que vivía entonces en Madrid, así como al deducir quién la había enviado, una tía de mi madre. La tarjeta está sellada en Marín con fecha de 6 de septiembre de 1960 y narra un hecho puntual, una pequeña excursión desde Mondariz a Marín para pasar un día en la playa. De todas las personas mencionadas en el breve texto, solo una, mi madre, sigue con vida. Los demás – la propia autora, su marido, su madre, su cuñada, el destinatario, y la novia del destinatario, a la que le envían un abrazo – ya no están en este mundo, pero la fortuna quiso que hoy nosotros llegásemos a saber qué hicieron un día de verano de hace casi sesenta y seis años. Sabemos incluso que, según quien escribe, el agua del mar estaba “linda”.
Nuestra existencia se teje con una sucesión de hechos efímeros, pasajeros, de los cuales solo pasan a engrosar el propio recuerdo los más significativos, los que nos causaron un impacto más fuerte y duradero. La mayoría de lo vivido se olvida e, incluso de lo que permanece presente en la memoria, no suele haber una prueba documental que lo acredite. El viaje a Marín del 6 de septiembre ha sido rescatado, al menos por un momento, de ese naufragio en la amnesia. Y todo gracias a una sencilla postal que, de modo casi milagroso, ha querido hacernos una visita y traernos desde el ayer la remembranza de un hecho grato, de unos instantes felices vividos en una playa de Galicia.
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