Xosé A. Perozo
O prezo e o valor dun gol
Vuelve a ser inevitable que cada 18 de julio, desde diversas perspectivas, surjan análisis y opiniones sobre el significado de esa fecha y sus efectos, especialmente desde que primero Zapatero y ahora Pedro Sánchez volvieron a relanzar el “guerracivilismo” que creíamos superado, de suerte que quienes no conocieron la guerra civil hayan vuelto a tomar posiciones al respecto. Las leyes de Memoria Histórica y Democrática, respectivamente han sido dos elementos desencadenantes, cuyo enfoque ha sido calificado de “sesgado” por ilustres historiadores como Stanley Payne, especialmente la segunda que omite e ignora de modo grosero los antecedentes que condujeron a la guerra civil. Al tiempo que expande la critica a beneficio de ETA el propio inicio de la Transición a la democracia.
Con este asunto tengo yo especial relación por los hechos que ahora enumeraré. Mi abuelo materno Francisco Fernández Alcántara era uno de los maquinistas que condujo el último tren que circuló entre A Coruña y Monforte de Lemos tras el “alzamiento”. En ese tren, a su paso por Lugo, escaparon los jóvenes milicianos que se habían opuesto a la rebelión en la ciudad de la muralla. Al llegar a su destino, mi abuelo y su compañero fueron detenidos y encarcelados por largo tiempo por este hecho y salvaron la vida de milagro. Nunca en mi familia se habló de este episodio. Yo me enteré, ya de mayor, leyendo el libro de Antón Patiño “Memoria de Ferro”, donde se alude al asunto. Luego supe más. Es un ejemplo más del modo en que se superara aquella tragedia por la inmensa mayoría de las familias que la padecieron.
Al comienzo de los años ochenta, ya con la Constitución en vigor, fui procesado y me senté en el banquillo de los criminales por un reportaje en Hoja del Lunes de Vigo y Sábado Gráfico sobre la represión franquista en Galicia. Trataba sobre el consejo de guerra y fusilamiento masivo a las personas que, en la ciudad de Tui, última en caer en mano de los sublevados, habían mantenido la legalidad republicana. También entrevisté a la maestra Josefina García Segret, quien salvó la vida fingiendo estar embaraza, autora de un libro de memorias donde relata la tortura a la que la sometieran las monjas de los conventos-prisión de las presas republicanas. Esta ejemplar señora fue testigo a mi favor en el proceso al que fui sometido en la Audiencia Provincial de Pontevedra, presidido por Mariano Rajoy padre.
Fui absuelto, porque el tribunal consideró que mi “animus historiandi” y el rigor de los datos alejaba cualquier otro ánimo en mis escritos. Mi relato desmontaba la parte de las Memorias de la Cruzada, de Arrarás que es un compendio de mentiras y falsedades sobre la guerra civil, que contiene un falso relato de lo que realmente ocurriera en Tui, donde se mantuvo el orden y la paz, sin molestar a nadie. En el fusilamiento fueron ejecutados un padre y un hijo, y éste trató vanamente de proteger a su padre de las balas.
Aparte de todo ello, a lo largo de mi carrera como periodista conocí y entrevisté a personajes singulares de aquella historia: desde el general Enrique Líster al falangista Dionisio Ridruejo, al propio Gil Robles, a los generales Diez Alegría y Gutiérrez Mellado, o a dirigentes y supervivientes de la guerra desde la comunista Mercedes Núñez, Carrillo, el propio Marcelino Camacho y hasta al hermano de Buenaventura Durruti, ferroviario que vivía en Lugo. Quiero decir que con todos estos y otros testimonios pude configurar mi adecuado juicio de conjunto, al margen de tópicos y mentiras. También entrevisté a a Herbert R. Southworth, autor de “El mito de la cruzada de Franco", la obra fundamental que desmitifica la narrativa franquista sobre la Guerra Civil Española.
Pero hay más, en mi etapa en la radio viví otra enriquecedora experiencia. Reuní a dos viejos que se habían enfrentado en la misma posición en la guerra civil en Madrid. Uno fuera miliciano y el otro legionario. Ninguno de ellos habló de la guerra, sino de su vida actual, de sus achaques, de sus nietos, y de las cosas cotidianas dos ciudadanos ordinarios que para nada querían recordar esa parte de su pasado. Vanamente insistí en que me contaran anécdotas y sucedidos de aquel tiempo, pero nada. Era una evidencia más para mí de la superación de la guerra. Cosa distinta es que se recuperen los restos de las personas que sufrieron la represión y yacen en las cunetas, aunque a veces con sorpresa no son del bando que se supone, sino soldados del otro. Y otra cosa convertir a asesinos en víctimas del franquismo, como ocurre con casos como los dirigentes de las checas de Madrid, como García Atadell.
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