Jenaro Castro
El rufianazo sanchista
Ha muerto un periodista deshabitado de sectarismos y extemporáneas añoranzas guerracivilistas. Templanza, moderación y el tono aterciopelado de una voz sin estridencias, sin agudos, sin gritos histéricos, sin insultos. Esas eran las principales credenciales de Fernando Ónega (Mosteiro, Lugo, 1947), que acaba de morir en Madrid.
Muere un periodista, pero también muere un amigo. Lo cual no me impide reprimir mis particulares emociones para hablarles a ustedes de la grandeza de un oficio necesario en la conformación de voluntades. Dicho sea, en memoria del tiempo, breve pero decisivo, que Fernando dedicó a la política desde la sombra, como asesor de Prensa de un líder político.
Me explico:
Del mismo modo que un eslogan publicitario orienta las tendencias consumistas hacia un determinado producto, también la capacidad de síntesis de un periodista ilumina el camino a los consumidores de la política en su más noble sentido. Todos lo somos en nuestra condición de ciudadanos y, por tanto, componente de esa resultante movediza que llamamos "opinión pública".
Todo esto viene a cuento del elemento biográfico de Fernando que, sin dejar de ser periodista, y de los buenos, le sitúa en el Palacio de la Moncloa inspirando los discursos del entonces presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, a la sazón empeñado en la tarea de abrir por dentro las puertas del régimen franquista, ya muerto el dictador, para que entrase el viento fresco de las libertades confiscadas por el franquismo.
Prácticamente en todos los obituarios dedicados al fallecimiento del ilustre periodista gallego se destaca la frase "Puedo prometer y prometo", con la que Suárez intentaba seducir al pueblo soberano de que debía transitar de la dictadura a la democracia porque era el signo de los tiempos y porque lo reclamaban los españoles.
De las frases que Ónega puso en boca de Adolfo Suárez, no fue esa la que acabó marcando el sesgo histórico de ese periodo (básicamente, entre la muerte de Feranco en noviembre de 1975 y la Constitución ratificada por referéndum en diciembre de 1978). A mi juicio, la frase lapidaria aportada por Ónega a periodo fue la de que "Hay que hacer normal en las instituciones lo que ya es normal en la calle".
Puesto que la Casa del Rey se ha referido al desaparecido periodista como un referente del espíritu de la transición, ninguna otra reseña explicaría mejor el hambre atrasada de libertades tras la larga noche del franquismo, encarnada en el empeño de Suárez por hacer normal en el BOE y en el funcionamiento diario de las instituciones lo que ya era normal en las calles: el ejercicio de la libertad sin ira. Suarez lo hizo posible. Y sin dejar de ser periodista, Ónega también. Los dos están muertos.
Contenido patrocinado
También te puede interesar