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Publicado: 14 feb 2026 - 00:30
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Convengamos que España es un país alegre, a veces hasta la frivolidad, que más se apasiona por los insultos que se profieren contra una tertuliana 'desinhibida' de televisión o por la presencia de un provocador en un mitin, que por las cuestiones verdaderamente importantes y trascendentes para nuestro futuro. A mí, la verdad, el hecho de que estemos a punto de ser cincuenta millones (49.5 en realidad) los pobladores de este país nuestro me parece muy significativo: crecemos y ello cambia la pirámide poblacional. Y más revelador todavía es el hecho de que, de esa cifra total, diez millones sean extranjeros. O sea, básicamente inmigrantes.

Es toda una revolución en la sociología de la nación, que hemos de encarar sin tópicos, sin egoísmos y sin falsas verdades. La inmigración ha venido para quedarse (y para aumentar) y más vale saber convivir con ella que intentar ganar votos más o menos xenófobos pidiendo su expulsión de nuestras fronteras. Esos diez millones de personas con las que convivimos, con las que trabajamos o que incluso trabajan para nosotros, que vienen sosteniendo el pago de nuestras pensiones, o la supervivencia de la hostelería y en buena parte de la industria y la agricultura, son, primero, acreedores a nuestro reconocimiento. Y después, es obvio, son sujetos pasivos de una necesaria regulación, que solo muy parciamente llevan a cabo nuestros representantes políticos.

A mí, qué quiere que le diga, será muy de derechas endurecer las penas a la reincidencia en los delitos -y no identifico esta medida con la inmigración, aunque sí lo han hecho algunas voces políticas-, pero creo que había que hacerlo. Como habría que endurecer y hacer más eficaces las normas para evitar las okupaciones sin más. O como habría que extremar la vigilancia para tratar de frenar ese porcentaje de la economía sumergida -o negra- que también no pocos asocian con la inmigración, aunque, desde luego, no sea privativa de ella ni mucho menos. Comprendo que todos estos fenómenos que cito tengan alguna relación con los extranjeros que viven en España, pero ni podemos, ni debemos, ni sería justo ni acertado, achacar a los inmigrantes la exclusiva de la delincuencia ni del trabajo no del pago `bajo cuerda`.

Creo que es hora de tratar a nuestro inmigrantes ('extranjeros', según uno de los eufemismos que tanto proliferan en determinados sectores) como compatriotas, con los mismos derechos, sí, y con los mismos deberes que los nacidos en España de padres y abuelos españoles. Me pareció acertada la reciente legalización de la situación de medio millón de estos extranjeros, pero me pareció mal el método: se debería haber pasado por el cedazo de un acuerdo parlamentario, siempre teniendo en cuenta que el artículo 149 de nuestra Constitución señala que es el Estado quien tiene competencias exclusivas en esta materia (lo que podría contravenirse en algún acuerdo con el independentismo catalán, poco amigo, por cierto, de los migrantes).

La historia de las grandes migraciones es la historia de la Humanidad, y ahora estamos ante uno de esos momentos de cambio total, que algunos ultraderechistas, siguiendo las tesis del extremista Renaud Camus, aquí recogidas por Vox, quieren ver como el 'gran reemplazo': el de los nacionales-de-toda-la-vida por gentes venidas de más allá, quizá con otro color, otras ideas y otras experiencias vitales, seguramente bastante peores que las nuestras. Una insigne sandez, esta del 'reemplazo', que, sin embargo, halla acomodo en los populismos europeos.

Creo en la necesidad de un gran pacto entre als fuerzas moderadas para asumir el enorme reto que como nación nos supone la certeza de que nuestra inmigración, llegada legal o ilegalmente, seguirá aumentando: estamos, nos guste o no, y así lo certifican estudios de historiadores como Peter Heather y Walter Schneidel, ante una era migratoria de magnitud histórica, quizá comparable a la que provocó la caída del Imperio romano.

Es preciso tomar conciencia de que la presión de los que llegan va a transformar, quizá para bien, nuestro estado de bienestar, nuestras costumbres y nuestras leyes. Y aquí están esos diez millones de seres humanos, el veinte por ciento del total de la población española, esperando la integración bien planificada, y no un rechazo que ya es, entiendo, imposible. Se pongan como se pongan los del 'reemplazo'.

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