No solo es el destino

Publicado: 20 ene 2026 - 03:05
Opinión.
Opinión. | Atlántico

Cuesta aceptar que, en un mundo tan tecnificado como el nuestro y ya superado el primer cuarto del nuevo milenio, puedan producirse tragedias como la ocurrida este domingo en la localidad cordobesa de Adamuz, en la que un choque frontal entre dos trenes de alta velocidad ha costado la vida de al menos treinta y nueve personas, con más de un centenar de heridos, muchos de ellos hospitalizados en la UCI. Uno se hace a la idea de que este tipo de situaciones terribles ya no pueden producirse con la incorporación de las más alta tecnología a los tráficos de pasaje en cualquier modalidad, hasta que aparece un suceso como el del domingo y a toda una sociedad que vive en brazos de la sofisticación y se supone parte muy específica de la élite, se le viene el mundo encima al comprobar que horrores como los vividos no solo son parte del trascurrir de países subdesarrollados, sino en territorios de primer nivel como es, al menos aparentemente, el nuestro.

Sin embargo, desgracias como la del choque de trenes en la provincia de Córdoba brotan de repente no solo para sembrar dolor y desesperación en familias que han perdido a sus seres queridos en el suceso, sino para advertirnos a todos los demás que mucha sofisticación, mucho primer mundo, mucho a nosotros no nos puede pasar esto, para que ocurra, nos baje del guindo y nos enseñe que nuestra vida pende de un hilo.

Sin embargo es cierto que algo se ha de explicar, algo se ha de demostrar y algo habrá que resolver porque algo no está funcionando ni inspira confianza en un país que se despierta cada dos por tres de un sueño de magnificencia y los despertares son, paradójicamente, de pesadilla. Hay un regusto amargo de fracaso y desacierto cuando vivimos en un país en el que la vivienda es el primer problema y todas las políticas públicas para paliarlo han fracasado estrepitosamente. Y cuando los productos de primera necesidad están por las nubes…

Y cuando en este ámbito regido por los métodos de control y seguridad más sofisticados posibles se produce un choque frontal de dos trenes que deja el horizonte plagado de víctimas. Cuando aparecen estos escenarios tan terribles y el país llora una masacre, no es cosa solo del destino. Es que alguien no ha hecho los deberes y la obligación de las autoridades es identificar el error y además, decirlo.

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