Carmen Tomás
No vale todo
Óscar López se ha negado a retractarse de las acusaciones vertidas en la memoria de Lamban y mira que se lo han puesto fácil. Pero el ministro de Transformación Digital –solo Dios sabe qué hace un licenciado en Ciencia Políticas a los mandos de un ministerio puramente tecnológico si es que el ministerio tiene alguna aplicación- ha preferido no enmendarse apelando a la firmeza de sus convicciones y la necesidad de ser respetuoso pero sincero, argumentos ambos irreprochables si fueran ciertos. Como cabía esperar, un comportamiento tan ruin ha suscitado respuestas en el seno de su propio partido seguramente no por la execrable factura de su parlamento sino por el alcance negativo que puede obtener en la opinión pública en momentos tan delicados. Ahora resulta que, a pesar de contar con el equipo ministerial más numeroso de toda la larga trayectoria parlamentaria del país, conocemos que las carreteras están hechas un asco y no han merecido el mantenimiento mínimo para que dejen de ser peligrosas y no digamos ya nada de los tendidos ferroviarios. Al parecer, y según los técnicos, tenemos trenes de buen nivel circulando por vías intransitables. La sospecha creciente es que hay demasiados ministros y casi todos inútiles, y que al menos tendrían que explicar más claramente en qué se gasta nuestro dinero. En arreglar carreteras y vías férreas no parece.
A la espera de conocer los resultados de las investigaciones relacionadas con la tragedia de Córdoba, es la especulación que más impera. Las aclaraciones que nos debe la Administración se retrasan. Como ocurra lo mismo que con aquellas que debería explicar el famoso apagón, ya podemos esperar sentados. De hecho, quien ocupaba el cargo cuando se fue la luz sigue ostentándolo.
El caso es que López no ha dado un paso atrás a pesar de que hasta la derrotada en las urnas aragonesas, la ya ex ministra Pilar Alegría, ha procurado desmarcarse de su compañero de gabinete para no liarla más de lo que ya está liada porque a ella le va a tocar seguir al menos un tiempo prudencial en las Cortes de Aragón en las que Lamban tenía un bien ganado prestigio.
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