Manuel Orío
La lucha por la permanencia
Se especula estos últimos días sobre la posibilidad de una dimisión del ministro Puente, un suceso que casi con toda seguridad no se va a producir al menos como consecuencia de la inquietante situación del transporte ferroviario en nuestro país, lo que no quiere decir que dentro de unos meses y emboscado en una mini crisis ministerial, el puto amo lo tire por una ventana. Puente es, a estas alturas de una cinta de puro terror como la que estamos viviendo, la figura responsable del desbarajuste y un referente de mala gestión cuyos primeros síntomas coincidieron prácticamente con su toma de posesión, una casualidad o no… que le ha tocado en suertes y que, irremediablemente, marca su futuro. El puto amo no accederá a prescindir de sus servicios en estos momentos porque sería como reconocer fallos irreparables en su sistema, pero es el que manda y si el asunto se pone muy chungo y le estorba, acabará sacrificándolo disfrazado de cualquier cosa.
El hábito de dimitir cuando no se han cumplido las expectativas propias de un cargo público es en España a partir de la nueva etapa democrática, una práctica desusada. Nunca lo fue frecuente pero en los turbulentos años del siglo XIX y primeros del XX, se puso de manifiesto con cierta regularidad que se manifestó más específicamente, en la renuncia al cargo de presidentes del Consejo de Ministros desde O’Donnell a Narváez, Maura o Primo de Rivera. Hoy este protocolo ya ni se menciona y Puente no dimitirá aunque bien mirado, e incluso si no tuviera culpa alguna de lo que pasa, por su propia conciencia, su sentido del deber como alto funcionario y la dignidad que debe presidir el comportamiento de un servidor del pueblo, debería pedir la caja de cartón, meter en ella sus cosas e irse a su casa. No solo Puente sino muchos otros procedentes de las cuatro esquinas del arco parlamentario que deberían reflexionar lo que aporta a la salud del sistema, la abdicación voluntaria cuando las expectativas no se cumplen y no se alcanzan las metas previamente comprometidas y tantas veces anunciadas.
Para su desgracia, Puente se ha distinguido por un perfil machirulo y asilvestrado que ahora, en un momento de crisis y debilidad, le pasa factura. Saldrá como pueda de este crítico momento pero su estrella se apaga.
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