Fernando Ramos
Pretenden que el Gobierno flexibilice los antecedentes penales
Aún colea la actuación de Bad Bunny en la Super Bowl, cosa natural al tratarse de perreo, pero si colea como colea es porque, perreo aparte, constituyó un acto político hermoso, valiente y necesario en un país de donde la política parece haber huído y donde en su lugar vacante se ha instalado la barbarie, la barbarie de estado se entiende.
Salvo las canciones y su interpretación, ambas cosas indescifrables, todo fue vital, atrevido y potente, el mensaje, la escenografía, el guión, la atmósfera, la coreografía, en ese asalto de la realidad a la ficción de pesadilla, violenta y fea, impuesta por el gobierno, desgobierno más bien, de Donald Trump. Nunca pudo uno imaginar que a través del reguetón, o a pesar de él según se mire, se pudiera lanzar un mensaje democrático de orgullo y determinación semejante, de suerte que entre la porción de cosas que uno no podía haber imaginado nunca y que suceden, como que el neo-nazismo cayera a plomo sobre los Estados Unidos por ejemplo, ésta del intermedio de la Super Bowl es la única que últimamente ha sucedido bien.
En España, el país que llevó a América la bella lengua con la que Bad reivindicó a cuantos la hablan, y que Trump aborrece como aborrece todo lo bello, las cosas inimaginables que pasan menudean también, como, por ejemplo, que una franquicia (nunca mejor dicho) del trumpismo, Vox, se esté comiendo por las patas a la derecha tradicional, como el mismo Trump hizo con el Partido Republicano. Con el fin de que no nos coma a todos una vez deglutido el PP, las izquierdas tratan de sacudirse la galbana, pero al más aventajado para pasar a la acción agavillando esfuerzos, Rufián, ya le están saliendo al paso los cainismos y personalismos propios del terreno. Por otro lado, lo de Felipe González era perfectamente imaginable: siempre fue así.
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