De hombre a ser humano: el síndrome de Procusto

Publicado: 03 may 2026 - 02:28
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A juicio del erudito inglés Alfred North Whitehead, los griegos abordaron con tanta profundidad los grandes problemas de la Filosofía que los pensadores posteriores a ellos solo aportaron notas a pie de página.

Esto mismo se podría afirmar de su mitología, la cual, por mor de Roma, llegó hasta nuestros días y constituye la base de la civilización occidental, tanto en Europa como en América. Es lo que sucede con el mito de Procusto, muy nombrado en la actualidad en sicología hasta el punto de haber originado un trastorno con entidad propia, el «síndrome de Procusto».

Procrusto, hijo de Poseidón, dios griego del mar, regentaba una posada en la que tenía una cama muy particular. Si el cuerpo del viajero era más largo o más corto que ella, le cortaba lo que sobraba o lo estiraba hasta que alcanzara la medida exacta del fatídico lecho.

El síndrome de Procusto semeja ser tan complejo como el personaje que le da nombre, admitiendo diferentes y plurales interpretaciones. La mía es que consiste en manipular los hechos, los fenómenos perceptibles por nuestros sentidos, por medio del lenguaje u otros símbolos para acomodarlos a determinadas imposiciones de carácter ideológico. O lo que es lo mismo, violentarlos para que encajen en un molde que un poder difuso, y sin embargo patente, ha decretado que ha de ser la medida de todas las cosas.

En un artículo reciente («Personas, pero no hombres»), expuse cómo ciertos credos igualitaristas y sociologistas tergiversan interesadamente el significado de las palabras (hombre) sustituyéndolas por vocablos sucedáneos que designan otra cosa (persona), para moldear el pensamiento de los ciudadanos en el sentido que a aquellos beneficia. En este lugar he de decir que la alteración no siempre se implementa mediante términos simples, pues en ocasiones, para que la distorsión no sea advertida por el hablante o el escuchante (lo que la haría ineficaz) se utilizan expresiones formadas por dos o más palabras; tal como ocurre con la locución «el ser humano».

En 1969, los astronautas del Apolo 11 Neil Armstrong y Edwin Aldrin pisaron por vez primera la Luna. Que «el hombre llegó a la luna» se admitió durante medio siglo; porque, que yo sepa, ante estos hechos en ningún idioma sería correcta la afirmación «la mujer llegó a la luna», pues resultaría ridícula por ser falaz a primera vista, además de multiplicar «ad infinitum» el número de escépticos respecto de la verosimilitud de tamaña hazaña. Los mandamases de ese desproporcionado poder dictador de la virtud individual y colectiva, también se dieron cuenta de que en este caso no cabía la simple sustitución de «hombre» por «persona»: la oración «las personas pisaron la luna» se muestra igual de absurda y despertaría el entendimiento de los gobernados, por muy alelados que estén tardeando o consumiendo compulsivamente series televisivas.

Este fue el motivo por el cual hace unos años se erradicó, no por fuerza de la razón sino por imperativo doctrinal, la expresión «el hombre pisó la luna». Por eso ahora, donde quiera que fuere se ha de manifestar en público que «el ser humano pisó la luna», so amenaza de ser estigmatizado como un individuo indeseable y antisocial. Y conste que la última frase, aunque no constituye una falsedad como la que alude a la mujer, sí es una verdad a medias ya que en ella se invisibiliza, con conocimiento de causa, el género de la parte de la humanidad que en realidad llevó a cabo la proeza.

Entre el 1 y el 10 de abril de este año 2026, la NASA desarrolló la misión lunar Artemis II, que no llegó a alunizar, en la que por primera vez participó una mujer; y también por primera vez la cápsula que transportó a los astronautas estaba dotada de retrete (en los anteriores viajes, solo con hombres como tripulantes, orinaban y defecaban en bolsas de plástico los unos a la vista de los otros). Una deferencia hacia la cosmonauta femenina, pero también un «macromachismo» pasado por alto en todo el orbe a pesar de que tuvo un coste de 23.000.000 de dólares, dinero que podía haber sido empleado en ayudas sociales por cuanto la larga marcha hacia nuestro satélite tuvo una duración de poco más de nueve días. Dado que la referida innovación tecnológica aeroespacial fue el principal logro de esta sobrevalorada peripecia, en la que el hito más destacado ha sido la avería y posterior reparación del artefacto evacuatorio, puede resumirse el resultado de la misma en la siguiente sentencia: Un enorme paso para la mujer, pero un ínfimo paso para la Humanidad.

El día 26 de ese mismo mes de abril, otros dos hombres, Sabastian Sawe y Yomif Kejelcha, fueron los primeros en acabar una carrera de maratón en menos de dos horas, una marca perseguida durante décadas. En 2026, en una sociedad globalizada más «progresista» que la de 1969, muchos medios de comunicación se lanzaron a proclamar de inmediato una descarada apropiación procustiana del mérito: «El keniano Sebastian Sawe se ha convertido en el primer ser humano que baja de las 2 horas en un maratón».

Pese a mis argumentos, habrá quien defienda que está bien utilizada la locución «el ser humano» en las dos hazañas que vengo de analizar, porque la mujer también participó, de alguna manera, en ellas: en 1969 ya trabajaban mujeres en la NASA; es muy probable que a Sawe y a Kejelcha los hayan asesorado o consolado, aunque fuese en la intimidad, féminas de su confianza.

Tengo que admitir que dichas apreciaciones son ciertas, porque desde el momento en que es parido por su madre, no hay hombre sobre la Tierra, o la Luna, que pueda sostener que ha realizado algo sin la intervención de una mujer. Ahora bien, con una diferencia trascendental: en la vida de todo hombre la intervención materna es esencial e inmanente, puesto que le da el ser; mientras que la de las demás mujeres es accidental y contingente, en tanto en cuanto únicamente contribuyen a su estar.

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