Manuel Orío
Historias para no dormir
Entre los muchos comportamientos lamentables manifestados por un Gobierno que ha mostrado todas sus flaquezas en la gestión de situaciones extraordinarias, nada como la que ha convertido a los sufridos y abandonados ciudadanos de Ceuta a los que les ha cambiado la vida en unas horas, en fascistas desorejados al servicio de la derecha y ultraderecha por el mero hecho de clamar por sus derechos, por defender su pertenencia al país del que son ciudadanos, por defender a sus familias y por exigir que se les defienda a su vez y en justa respuesta a los impuestos que pagan como le ocurre a cualquier otro nacional. La comparecencia de los ministro Marlaska y Albares en sede parlamentaria acusando a la ciudadanía de Ceuta de agitadores en un ambiente que el Gobierno se ha empeñado en enrarecer en lugar de defender, es tan vergonzosa y tan sibilinamente cruel que no deja resquicio alguno a la comprensión porque en ellas se esconde falta de respeto para con una amplio grupo de ciudadanos, ausencia absoluta de solidaridad, dejación de deberes y muchas otras facetas incalificables. Pero sobre todo, en ellas se adivina una perversidad insoportable. Se tacha de fascistas a los sufridos habitantes de una ciudad que ha sido invadida, se los insulta sin piedad, se sacrifican sus derechos y sus necesidades para contentar a un país extranjero cuyos ministros comienzan a desarrollar la estrategia centrada en llamar a la invasión. Se invita a privarlos de una parte innegociable de nuestro territorio, y se hace apelando a reinterpretaciones partidistas de la historia que sugieren una verdad que no es tal. Es una falacia porque ni Ceuta ni Melilla han pertenecido nunca a Marruecos y son españolas desde el siglo XV.
Tachar a los ciudadanos de Ceuta de socios de la ultraderecha es, entre otras muchas cosas, una villanía. Tan grave, tan absurda y tan culpable como el tratamiento que se ha otorgado a un hecho que no es otra cosa que una agresión exterior a la integridad de un país soberano. La actitud mostrada por el ministro Marlaska propone una decepción tras otra. Decepciones que no solo afectan a sus administrados sino a sus compañeros de gabinete. Que le cuenten ahora historias a Margarita Robles. Son historias para no dormir, también se lo digo.
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