Manuel Fernández Ordóñez
Sois unos vagos
En política se conoce cuando un gobierno está agrietado y a punto de desintegrarse no por declaraciones públicas de sus componentes o por la falta de apoyo explícito de las fuerzas políticas que lo sostienen, sino por el comportamiento de sus integrantes. El arte de anticipar escenarios futuros forma parte de la caja de herramientas de cualquier político profesional, y la capacidad de saber adaptarse a los nuevos tiempos es una habilidad imprescindible para su supervivencia en la muy competida lucha política. Existen sistemas político como el de muchos países americanos o Francia que limitan el número de mandatos a sus presidentes, lo que lleva a desbandadas en muchos políticos buscando durante los últimos meses de mandato acercarse al que entienden puede ser el nuevo presidente para poder seguir detentando algún cargo político. Esto debilita mucho al gobernante en el poder, es el fenómeno del pato cojo, que ve como su gente está más preocupada por colocarse que por llevar a cabo su gestión. Además el pato cojo va poco a poco constatando como su capacidad de llegar a acuerdos se debilita, dado que su vigencia se reducirá a sólo unos pocos meses, hasta que el nuevo gobernante decida si ratificarlos o no. Sólo hay que seguir la política francesa estos días para constatar que un Macron en retirada está perdiendo lentamente el poder, y busca también él garantizar su futuro. Dudo mucho que en otras condiciones recibiese con tanto afecto al Príncipe Salman de Arabia .Pero estos países ya están acostumbrados a este fenómeno y ya se tiene en cuenta en el juego político.
Distinto es el caso español, donde el primer ministro no tiene límite alguno de mandatos, y puede gobernar sin límite de tiempo, siempre y cuando consiga obtener mayoría en las sucesivas elecciones, que se celebran cada cuatro años, siempre que el presidente no decida adelantarlas a su conveniencia. Aquí cuando se da este fenómeno , concretado en que muchos altos cargos vuelven a su lugar de origen en la administración o que otros se presentan candidatos en autonomías o ayuntamientos, es porque el fino olfato del político le dice que el gobierno no va a poder revalidar su mayoría y, por tanto, es necesario buscar cobijo para los duros tiempos que se avecinan. En ese contexto es muy difícil mantener la coordinación entre ministerios porque el líder ya no tiene casi nada que ofrecerles, y destituirles aún agravaría más la imagen de descoordinación. Además afloran las viejas rencillas entre los ministros y entre estos y sus subordinados y es el momento de los ajustes de cuentas entre ellos, ahora que no hay nada que perder.
Un vistazo a la crónica política española de estas semanas puede ilustrar bien este fenómeno. Observamos a una vicepresidenta presentando su candidatura a una organización internacional y a una ministra en ejercicio presentando su candidatura a unas elecciones autonómicas, sabiendo que no va a ganarlas.. El primer caso puede entenderse porque ha perdido fuerza incluso en su propio partido, pero el segundo caso es más llamativo porque podría seguir de ministra si se obtuviese mayoría por lo que se puede deducir que ya descuenta la derrota. Pero es que además estamos viendo luchas abiertas entre ministros, hasta ahora soterradas pero ahora a plena luz del día y con la prensa de testigo. Pero sobre todo comienzan las filtraciones de los subordinados contra los ministros, que ya es el síntoma definitivo de descomposición, como se pudo comprobar esta semana con los informes que desmentían al ministro de interior, filtrados por su propios subordinados que ya poco parecen temer. Incluso una destitución podría venirles bien de cara a futuros gobiernos. No se si el gobierno se descompone o no, pero los hechos parecen ajustarse bastante bien a la teoría.
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