Manuel Orío
Memorias de ida y vuelta
El gran reemplazo es la teoría que afirma que los pueblos musulmanes, norteafricanos o subsaharianos, buscan la aniquilación de los blancos y cristianos de la vieja Europa. Una teoría que la ultraderecha esgrime con naturalidad, no exenta de su proverbial agresividad. La inmigración, el crecimiento demográfico de estos colectivos, la apertura de fronteras y la baja natalidad europea, deberían estar creando las condiciones idóneas para hacer realidad esta supuesta conspiración, urdida no se sabe muy bien por quién, contra la pureza de sangre y la tradición cristiana europea. Nació, al parecer, esta idea del gran reemplazo, en la vecina Francia, al calor de los disturbios incendiarios en la banlieu parisina de hace un par de décadas. La reacción xenófoba encontró terreno abonado en Alemania, en Austria, Italia o Inglaterra y los Países Bajos; en definitiva, todos aquellos países que, por su nivel de desarrollo y tradición de acogida, habían visto crecer la población inmigrante.
Como en casi todo lo que promueve la extrema derecha, sobrenada el habitual odio hacia alguien y la visión de un pasado idealizado, siempre mejor que el presente. Gente empeñada en guiarnos hacia el futuro con la mirada puesta en el retrovisor. A mí, este gusto por el odio al musulmán y al inmigrante en general, me recuerda, como una gota de agua a otra, lo vivido hace unas décadas en Cataluña o en el País Vasco. Allí, las oleadas de trabajadores extremeños, andaluces, murcianos o gallegos, en busca de un futuro mejor, eran recibidas por el eco sordo de Prat de la Riba o Sabino Arana, alentadores de las teorías conspiratorias de la sustitución de la pureza y superioridad, claro, de catalanes y vascos autóctonos. Solo los años de convivencia en los pupitres de las aulas, las parejas y matrimonios mixtos -antes anatema- y, sobre todo, la integración profesional y cultural en las sociedades de adopción de los hijos de aquellos primeros inmigrantes, consiguieron diluir los prejuicios y la xenofobia explícita. A partir de ahí se ha podido hablar de una nueva ciudadanía, sin charnegos ni maquetos, más integrada y plural, más rica en voces y horizontes, que no abandona la vieja identidad, ahora reforzada, pero siendo ya otra cosa.
En la aceptación del inmigrante interviene un interés utilitario. El poeta portugués, Vergílio Ferreira, escribió el siguiente apunte: “Porque en la vejez todo tiene la corta medida del día a día de su futuro. Es corto el radio de acción para los pasos que se dan, las ambiciones que se tienen, el trabajo que se realiza”. En la aldea que habito sobreabundan los viejos; los nacimientos no reemplazan -estos sí que no- a los fallecidos. Por eso, la inmigración es la única esperanza de futuro. De un futuro compartido.
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