Fernando Jáuregui
El inmenso lío de este Estado nuestro
Demasiado para Sánchez. Y para cualquier otro que no fuese el Gran Resiliente. Vaya por delante que elogio su coraje a la hora de encabezar el tono de reproche europeo al amo del Imperio, es decir, a Trump. Pero no se puede ser el líder de la oposición internacional al hombre más poderoso de la Tierra y, en tu propia patria, el líder del Gobierno inestable, en minoría, asediado por todos lados. Lo siento, porque quizá, como casi siempre con Pedro Sánchez, me equivoque una vez más, pero yo a este Gobierno no le doy más tiempo de permanencia que la primavera de este 2026, cuando presumiblemente todos los astros se ordenarán en contra del personaje hasta ahora más mimado por la diosa Fortuna, es decir, el individuo irrepetible -por tan variados conceptos-- que habita en La Moncloa.
Dejemos de lado, si usted quiere, las cosas que Maduro pueda contar al tribunal norteamericano acerca de sus relaciones con el Gobierno de Sánchez, fundamentalmente con José Luis Ábalos y con José Luis Rodríguez Zapatero, que a veces parece el ministro número 23 del actual Gobierno español. Dejemos incluso de lado las peripecias judiciales que, todas congregadas en torno a la primavera, se abatirán sobre el PSOE, el Gobierno y/o los familiares del presidente. Pero a todo esto, que tampoco tendría por qué tumbar a un Gobierno tan coriáceo como el de Sánchez, le tenemos que unir otro factor fundamental: el desgaste institucional, mediático... y, claro, el electoral.
Porque el PSOE va a perder, según opinión unánime de las encuestas, la carrera a las urnas en Aragón en febrero, en Castilla y León en marzo y en Andalucía tal vez en abril. Y los propios estudios demoscópicos indican que, siendo verdad que el Partido Popular no crece tanto como el desgaste intrínseco del PSOE podría suponer, los socialistas siguen cediendo votos (pocos) a Sumar, algunos al PP y bastantes, pásmese usted, a Vox, que es el único partido del arco parlamentario que experimenta un notable crecimiento en intención de voto, dicen las encuestas. Para lo que sirvan, que, cuando son unánimes, sirven.
Sánchez no tiene una estabilidad parlamentaria ni siquiera para que el Parlamento le autorice a enviar tropas `de paz` a Ucrania, en su caso. Ni, desde luego, para encontrar en España una voz unánime en política exterior tras el golpe de mano de Trump en Venezuela. Ni tampoco para poder esperar remotamente aprobar unos Presupuestos Generales del Estado. Ni podrá normalizar sus relaciones con los jueces y menos aún con los medios de comunicación, que mayoritariamente se le han puesto en contra. Sería el momento ideal para, antes de despeñarse y mientras mantenga su actual suelo de votos, disolver las Cámaras y convocar esas elecciones que hoy una mayoría de ciudadanos piensan que debería convocar, pero que, también lo piensan, no convocará.
Desde luego, nunca como ahora podría aludir a la complejísima situación internacional, que ahora, con lo de Venezuela, afecta a España mucho más de lo que algunos podrían pensar, para volver a repartir la baraja. Entre otras cosas, invocando la coherencia en su propio Gobierno, de nuevo resquebrajada tras el asalto de los Estados Unidos a Venezuela: un Gobierno, por muy de coalición que sea, no puede tener dos cabezas como Jano y menos cuando el viejo orden mundial ha saltado por los aires.
Esto es, ya digo, demasiado incluso para Pedro Sánchez, el hombre que quiere ser jefe de la oposición en el mundo mundial y, al tiempo, seguir siendo jefe del Gobierno aquí en casa, donde tiene abiertos todos, pero todos, los frentes. Hagan sus apuestas: ¿cuándo...?
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