La gente de a pie

Publicado: 21 may 2026 - 10:53
Opinión.
Opinión. | Atlántico

Los que para nuestra suerte tenemos un espacio público en el que expresar nuestros pareceres, sentimos, como es natural, la presión de las reacciones que genera aquello que vamos publicando. No es en ningún modo extraño que muchas personas de todos los colores se me acerquen por la calle y conversemos tranquilamente sobre los temas que van desfilando por la pasarela de la actualidad y que suelen hallar, más o menos acertadamente, una plaza en mis modestos trabajos. Se trata de una situación gratificante por la que no puedo hacer otra cosa que estar eternamente agradecido a los espontáneos interlocutores que constituyen la esencia de nuestra tarea, y por la que le debo a mi oficio de periodista un amor eterno. Poder encontrar de verdad y sin imposturas, la opinión que brota de la buena gente que camina por la calle, que curra y se carga al hombro todos los días la jornada, es, aunque sea absolutamente contraria a la que yo mantengo, un placer inmenso, una igualmente inmensa responsabilidad y un honor seguramente inmerecido que hace grande esta profesión sea escrita, hablada o televisada. Es por ellos, por toda esa gente estupenda, honesta, sensible, anónima y trabajadora por la que el periodismo, a pesar de los inconvenientes y las muchas dificultades, sigue adelante, así que hay que estar agradecido ocho días a la semana.

Uno se pregunta al hilo de esta reflexión, por qué los políticos que constituyen la clase dirigente fomentan paulatinamente la separación y el despego de las clases populares. Ese divorcio y la desatención con aquellos que los han votado y han depositado en ellos su confianza, poco a poco se van desengañando como me ha pasado a mí y a tanta otra gente de a pie, sencilla y de buen conformar a la que no es tan difícil tener en cuenta. Pero los que mandan, creen que van a mandar toda la vida y, una vez pasada la barrera de la impericia, creen que traspasan la barrera que otorga paso al mundo de lo que a uno le dé la gana sin que tenga consecuencias.

No es así, y quienes conservan la recomendable costumbre de mantener los pies en el suelo lo saben. Los otros se olvidan, y cuando llega el batacazo, es mortal de necesidad e irrecuperable.

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