El esclavo durmiente

Publicado: 19 abr 2026 - 01:20
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Yo soy un hombre que, sobre todo, trabaja mientras duerme. Al decirme «yo», me estoy refiriendo a quien creo que en verdad soy: un ente que se siente inmaterial y bifaz, enclaustrado en otro ente que percibo como material y único, y que, en cuanto tal, me contiene y limita; además de determinarme en mi ser al condenarlo a la finitud genéticamente programada para él, pero no para mí (salvo que ambos seamos dos manifestaciones diferentes de la misma cosa, algo que ignoro y sin embargo juzgo factible).

Dado que duermo apenas cinco horas por la noche (entre las cuatro de la madrugada y las nueve de la mañana), las cuales suelo complementar con una siesta a última hora de la tarde (hacia las siete o las ocho, o incluso las nueve, de duración incierta aunque mayor que la que recomiendan los «expertos» del sueño), he de reconocer que trabajo «poco».

No obstante, una vez despierto también estoy activo (verbigracia, cuando pienso o escribo, o al corregir de manera obsesivo-compulsiva lo escrito para intentar aproximarlo al máximo grado de perfección en coherencia, profundidad y solidez argumental); si bien de otro modo, de un modo más emotivo, más doloroso, más lacerante... Porque soy consciente del intenso y continuado esfuerzo (impagado, más no impagable) que hago y he hecho durante toda mi vida. ¡Esa sí que es una terrible y triste consciencia!: consciencia de una condena vitalicia a la pobreza material, que no a la intelectual ni a la moral.

Afirmo que trabajo mientras duermo porque en ese extenso periodo biográfico que constituye el sueño, es en el que se generan la mayor parte de mis ideas, de mis proyectos, de mis producciones y de mis creaciones. En vigilia las intuyo o percibo; en el sueño hay «alguien» distinto de mí que les aporta el ser y el estar: les da forma, las ordena, las selecciona, las clasifica y las deja preparadas para que salgan a la luz en el preciso instante en que ese «otro yo» —que sin considerar mi voluntad ni mi opinión se me impone— lo estime oportuno.

Hace unos días, tras despertarme de la siesta vespertina, noté una ligera molestia en la sien izquierda. Me la toqué con cuidado con el dedo índice de la misma mano, y al punto, «él» reactivó una duda que llevaba décadas rondándome el pensamiento, sin tenerla en absoluto presente desde hacía años: ¿los optimistas tienen siempre la razón frente a los pesimistas? He aquí el argumento que me proporcionó:

Pesimista es quien nos habla de una «oficina de objetos perdidos», en tanto que el optimista se refiere a ella como la «oficina de objetos encontrados», que es la expresión utilizada por los franceses, pueblo ilustrado donde los haya: «le bureau des objets trouvés». ¿Cuál de ambas concepciones mentales está en posesión de la verdad?

Esta comparación es más desafiante que la típica: ¿la botella está medio llena o medio vacía? Porque, habitualmente, las botellas con contenido hasta la mitad (sean de vino, de agua, de aceite, de lejía, o de otro líquido, sólido, gel o gas) las hemos adquirido colmadas; por consiguiente, tras su consumo parcial haremos un excelente razonamiento si valoramos que están medio vacías, no medio llenas. Esta conclusión se deduce del hecho de que si seguimos gastando el producto, la botella acaba ya no medio vacía, sino vacía del todo.

Por el contrario, en el ejemplo de la oficina citada esta peculiaridad no existe puesto que no se trata de objetos que referenciemos a partir de un determinado estado inicial, lo cual sugiere que es más adecuado para intentar resolver de forma racional y definitiva el dilema planteado sobre quién está más acertado en sus apreciaciones, el pesimista o el optimista. En mi opinión, analizándolo en detalle se llega a la respuesta correcta.

Aun cuando lo discutido hasta ahora pueda parecer una exquisitez, lo cierto es que tiene relación directa con nuestra experiencia cotidiana.

Sin ir demasiado lejos, ayer mismo olvidé un paraguas precioso que me habían regalado, muy útil porque la transparencia de su tela me permitía no tropezarme con la gente o con las farolas los días de galerna, en los que al caminar contra el viento es inexcusable llevarlo inclinado hacia delante si no quieres que te lo destroce en un santiamén. ¡Tremenda desgracia en Galicia, país en el que llueve más que se come! Sospecho que fue en el autobús urbano donde lo dejé abandonado sin darme cuenta. Preguntaré por él en la oficina de objetos perdidos (¿o encontrados?); quizás alguien lo haya recogido y no se lo haya apropiado. Y aunque no sea así, no me apenaré; estoy convencido de que si no lo hubiera extraviado no habría escrito este artículo. Para solaz y deleite de mis lectores, sean pesimistas u optimistas. Que es lo que yo soy.

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