Fermín Bocos
Lo que le importa a la gente
La vergonzosa trapisonda que perpetraron ayer el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y su sicario el ministro de Exteriores y mamporrero mayor Marcos Rubio, no ha tenido parangón en toda la historia del país anfitrión según cuentan y calculan los expertos en el arte de la diplomacia al menos en su versión europea. Uno de los más ilustres conocedores de la materia es Javier Rupérez, que ejerció durante años como embajador español en Washington, y cuyo análisis de los hechos en el trascurso de los informativos de mediodía en una cadena privada de televisión proporciona al espectador claves suficientes para compartir con él toda la indignación que rebosaba, expresando ante las cámaras sus sentimientos con rigor y valerosa crudeza. Rupérez no podía entender cómo el sujeto podía renunciar a mantener la tradicional posición de alianza y sintonía que ha unido durante muchos años a los Estados Unidos con la Europa occidental, inclinándose por quien calificó sin aditivos ni colorantes como un criminal de guerra reconocido por los organismos internacionales. Rupérez clasificó así a Putin, del que añadió que era un invasor y un asesino de inocentes.
La indescriptible encerrona del Despacho Oval no nos descubre por tanto a Trump, y mucho menos sorprende a los que se desempeñan en los marcos del derecho internacional. Pero nos ha puesto al tanto sobre hasta dónde puede llegar este personaje zafio, inculto, irrespetuoso, descortés y agresivo al que el orden internacional le importa un comino porque su doctrina no tiene en cuenta ese tipo de responsabilidades ni concede la más mínima importancia a la libertad de los pueblos y sus derechos. Lo que a Trump le importa –él mismo lo expresó sin subterfugios durante la bronca- no son las personas, la libertad y el honor sino las materias primas que se producen en territorio soberano de Ucrania. Los muertos a Trump y a su adoctrinado ministro que le hacía el coro, le dan lo mismo.
En todo caso, da la impresión de que esta denigrante escena ha acabado favoreciendo al agredido más que a los agresores. Zelenski se ha ido de la Casa Blanca en triunfo. Ganándose el aprecio y el respeto del mundo libre ante dos poderosos pero redomados indecentes.
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