Fermín Bocos
Resucitar el Frankenstein
Llegó un nuevo aniversario del 23-F, el 45, en medio de un relativo aburrimiento en los medios sobre el tema, y va Pedro Sánchez y provoca el incendio por sorpresa: este martes, el Consejo de Ministros desclasifica los documentos relacionados con aquella vergonzosa intentona que, milagrosa y afortunadamente, acabó sin víctimas y con sus principales mentores con la carrera perdida y leves penas de cárcel.
Es mucho lo que queda por saber, y sin duda el estudio de los documentos desclasificados va a dar para bastante: el auténtico papel del Rey Juan Carlos, cómo intervino -o no- el CESID, o sea, los servicios secretos, el alcance de la trama civil golpista... Cosas sobre las que se ha hablado poco, o de manera errónea, durante estas cuatro décadas y media, y cuyo esclarecimiento debería, la verdad, habernos importado bastante más de lo que lo ha hecho. Y entonces, llegó Sánchez y mandó parar.
Muchas veces he dicho que Pedro Sánchez es, la verdad, un fuera de serie en lo suyo. Para lo malo, insisten unos, pero también para algunas cosas buenas. Desclasificar un secreto que durante tantos años no debería haberlo sido -¿por qué se nos protege contra la verdad?- es bueno; desclasificarlo para que el tema opaque otros más comprometidos para el gobernante actual y su entorno, es malo. Lo que ocurre es que Sánchez tiene una visión de la oportunidad informativa verdaderamente prodigiosa, y adapta los tiempos a las circunstancias favorables o desfavorables para él, porque lo cierto es que su principal objetivo -concedámosle que no es el único- es el de aquellas famosas pilas: durar, durar y durar.
Si el Gobierno se comportase siempre con la transparencia y claridad que le es exigible por parte de la ciudadanía, yo destacaría esta decisión de desclasificar los documentos como un gesto contra la opacidad histórica a la que tantas veces nos han tenido, y nos tienen, sometidos a los ciudadanos los sucesivos gobernantes desde los inicios de la Transición. Pero es obvio que este gesto no se corresponde con otros exigibles en cuanto a la verdad que nos cuentan -que pocas veces es demasiado veraz- o la aquiescencia que se nos debería pedir y nunca se nos consulta a la hora de las realizaciones, sean estas en política exterior, autonómica o municipal: así ¿cuántas obras faraónicas, perfectamente inútiles, pero, eso sí, molestas, se están llevando a cabo en tantas ciudades, con la vista del señor alcalde puesta en inaugurar el resultado de estas obras pensando en la reelección en los comicios locales de mayo del año próximo?
Y esto es lo que nos ocurre: que aquí, desde la desclasificación de los secretos oficiales hasta la manía `bulevardiana` (es decir, de hacer bulevares por completo innecesarios) de tantos munícipes, para nada se cuenta con los verdaderos titulares de los derechos, que son los ciudadanos. Y reclamo, a fuer de periodista y de ciudadano español, que el del acceso a la información es, junto con el de la vida y la integridad física, el principal derecho que como seres libres tenemos, porque solamente la información es poder -si lo sabrán nuestros gobernantes, que se guardan bajo siete llaves la información verdaderamente sustanciosa...- y nos da la libertad de elegir. Eso también lo saben muy bien quienes, creyéndose elegidos por el dedo divino, pretenden representarnos. Y Sánchez, un fuera de serie en lo suyo, ya digo, lo sabe mejor que nadie.
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