Drama ferroviario en Toledo: una reflexión de urgencia, drama y reflexión serena

Publicado: 29 oct 2026 - 01:06
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La dimensión de una tragedia suele acabar en mera estadística, cuando lo que realmente importa es el inmenso dolor que generan los fallecidos y los daños humanos que se prolongarán de por vida: físicos, psicológicos, etc. Suponen, es cierto, consecuencias económicas, de imagen país —más para uno turístico—, y molestias para los usuarios habituales de los medios públicos, pero sobre todo trasladan una imagen de inseguridad permanente que afecta, en el caso del tren y sus reiterados y dramáticos accidentes, y fallos puntuales, a un servicio esencial que nos fue vendido como punta de lanza tecnológica en un país que en su día fue capaz de fabricar el Talgo y que dio expertos en esta materia de vanguardia mundial.

Los datos se manipulan, se acomodan, pero tras ellos se esconde la intuición de una cadena de insuficiencias infraestructurales, fallos de sistemas automatizados, muy fundamentalmente falta de planificación adecuada de mantenimientos —añadiendo otras posibles circunstancias—, errores humanos y operaciones de maquillaje que se demuestran insuficientes tras cada catástrofe, mientras dirigentes de empresas como ADIF salen cada día en los papeles por casos en apariencia nada honrados.

Nada define tanto a los pueblos como la índole de los problemas que les hacen existir trágicamente. En circunstancias de verdadera tragedia se ven las cosas de inmediato, con el pasado, el presente y el futuro unidos en un mismo impacto. Lo que de verdad caracteriza a este nuevo desastre ferroviario en Toledo es, claro, la profundidad del dolor causado, pero también la reflexión serena que ya se hizo tras Adamuz, hace apenas 10 meses, para revisar unas infraestructuras que reclaman algo más que tuits, campañas inmediatas de revisión y otros maquillajes informativos de un gobierno del Estado y de un ministro que son cuando menos responsables subsidiarios por incompetencia manifiesta para mantener unas infraestructuras de alta velocidad seguras.

Cuando los hechos son de esta naturaleza excepcional, y escribo cuando apenas se esbozan las consecuencias y no las culpabilidades de esta nueva catástrofe, el derecho a la memoria —a esta también— se convierte en un deber ineludible de acordarse y de testimoniar. Ante la crudeza del momento, sólo nos queda la palabra para ofrecer al mundo el testimonio de la desolación y de una invencible esperanza. Virgilio, desde la serenidad de los siglos, nos confesó que “la experiencia de la desgracia me enseña a socorrer a los desgraciados”. Eso es lo inmediato, pero si no queremos serlo más, tendremos que actuar y rápido.

Hoy, hace justo 44 años que el PSOE ganó las Elecciones Generales con un lema imbatible: “Por el cambio”. Felipe González asentó una democracia y promovió el primer AVE Madrid-Sevilla, modernizó la vieja España y respetó a la oposición. Hoy, algo tiene que volver a cambiar. El país no aguanta más incompetencias, de ningún color, y tenemos que afrontar esta misión con serenidad pero muy en serio. Urge regresar a la cordura, al consenso en lo esencial, al respeto desde el que reconstruir lo que nos dimos entre todos y nos permitió conseguir que una nación democrática y orgullosa de sí recuerde cómo ya naufragó varias veces por sus incompetentes gobernantes, cuando no corruptos. Saquemos los votos salvavidas. Y pronto.

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