Fermín Bocos
Trump y la deuda de Europa
En un país como España, donde la curiosidad y la indagación navegan como temporal de enero, es importante recordar que no debemos tener miedo a preguntar. La historia reciente de España, incluyendo el atentado del 11M, nos ha enseñado que la búsqueda de la verdad y la justicia es un proceso continuo que requiere valentía y curiosidad. Preguntar es una herramienta poderosa para aprender, crecer y entender el mundo que nos rodea. Nos permite explorar nuevas ideas, cuestionar suposiciones y descubrir nuevas perspectivas. En España, donde la educación y la cultura se entiende que son altamente valoradas, preguntar es una habilidad esencial.
¿Qué supone la regularización masiva de emigrantes?, ¿Estamos preparados en caso de un nuevo COVID?, ¿tenemos aseguradas las pensiones?, ¿Cómo haremos frente a la deuda pública? ¿Cómo afectará la amnistía a la separación de poderes y a la relación con los jueces que han mostrado objeciones? El interés del ciudadano dista mucho de ser el de los que gobiernan y las tácticas legislativas pasan por comportamientos que poco gustan.
Existen diferentes tipos de preguntas, cada una con su propósito y beneficio. Algunas de las preguntas más comunes fomentan la reflexión y la exploración
otras buscan respuestas específicas y concretas, las hay que exploran temas profundos y complejos y otras argumentan con explicaciones y respuestas basadas en evidencia.
En un país donde la siesta es un arte y la paella es una religión, la curiosidad es el ingrediente secreto para hacer que la vida sea más interesante. No estamos hablando de preguntar si alguien ha visto el arco iris o cómo está lloviendo sino de cuestionar el bienestar y, por supuesto, la receta secreta de la tortilla española que se cocina desde hace años y que hace dudar del poder, la justicia y la realidad misma.
El dato más sólido y reciente indica que el Gobierno español acumula miles de preguntas parlamentarias pendientes de respuesta, con un volumen especialmente elevado en áreas como sanidad, infraestructuras, seguridad y gestión política. La cifra en fuentes actuales habla de 3.427 preguntas de la oposición sin contestar, junto con 43 leyes atascadas en el Congreso. Las parlamentarias son un mecanismo clave de control democrático. Su acumulación sin respuesta reduce la rendición de cuentas, dificulta el seguimiento ciudadano y aumenta la tensión entre Gobierno y oposición.
En España, donde las respuestas se esconden mejor que los tesoros del Camino de Santiago, preguntar es casi un acto de resistencia cívica. Porque mientras la ciudadanía afina sus interrogantes, algunos responsables públicos siguen practicando el noble arte de la elipsis, ese deporte nacional que consiste en hablar mucho sin decir nada. Tanto es así que, si Óscar Puente —o cualquier otro miembro del gobierno— se sometiera a una maratón de preguntas, quizá acabaría descubriendo que no siempre tiene respuestas, y que la transparencia no es un lujo, sino una obligación democrática. Por eso existe el Club de los Interrogantes, una cofradía laica y ruidosa formada por quienes no se conforman con titulares, quienes no aceptan silencios administrativos, quienes no se resignan a que la política sea un monólogo. Es el club de quienes creen que preguntar es participar; que exigir explicaciones no es insolencia, sino ciudadanía y que la democracia se sostiene por preguntas y no por discursos. El club crece, sin respuestas.
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