Antonio Casado
Maldito año viejo
Leo en uno de esos informes tan sensatos, de cuya autenticidad y rigor no me hago responsable, que los españoles engordamos entre dos y cinco kilos por Navidad, noche de fin de año incluida. No me extraña, viendo las pautas de consumo en bares y restaurantes durante estas fiestas entrañables, aunque yo diría que la `barmanía` no se agota en estos días:el consumo más aparente es la tónica, y los datos nos dicen que el PIB crece, el paro baja y la Bolsa, por usar un término tan caro al presidente del Gobierno, va como un cohete. ¿España, entonces, va bien?
Un momento:
Sin duda, los datos macroeconómicos y la subida del consumo son indicadores de que la economía española marcha. Al menos, en lo macro, que luego viene el informe Foessa/Cáritas, que no me resisto a traer aquí en este inicio de año, y nos dice que hay problemas serios en uno de cada cuatro hogares para llegar decentemente a fin de mes. Y otros informes nos señalan que el salario medio mensual bruto está entre los mil quinientos y los dos mil seiscientos euros, lo que no da para la casita en la playa ni para las copas del tardeo diario, sobre todo cuando la angustia de la vivienda te ahoga.
¿Qué está ocurriendo en España, un país en el que subsiste un paro juvenil importante pero en el que no hay manera de encontrar personal para la hostelería, la construcción, la agricultura, para determinados servicios? ¿Cómo es posible que existiendo cuatro millones de personas en riesgo de exclusión severa, el sesenta por ciento de ellos, ojo, nacidos en España, los niveles de consumo se disparen hasta cotas hasta ahora desconocidas, pese a los brutales aumentos en la cesta de la compra y en el precio de la luz, por ejemplo?
Usted tendrá su propia explicación, que no tiene por qué coincidir con la que expresa el Gobierno, que repite que estamos en el mejor de los mundos. Personalmente, confieso que seguramente he ganado esos kilos navideños -algunos tenemos más facilidad para lograrlo, ay, que otros--, pero también que mis ganancias mensuales no hacen más que disminuir gravemente desde hace años. Y solo se me ocurre, quizá con mucha simpleza, pensar que uno de los grandes culpables de tanta contradicción se encuentre en el altísimo porcentaje de inversión pública -iba a decir publicitaria-improductiva y en el presumiblemente no menos alto porcentaje de economía sumergida -negra-que nos castigará con el estallido de cualquier burbuja, por ejemplo en la construcción, en cualquier momento.
No tengo en gran aprecio las recetas económicas que nos prescriben nuestras fuerzas políticas, que carecen de imaginación y adolecen de un espíritu recaudatorio -véase lo de las balizas V16, que tanto han indignado a tantos-que es más bien ya confiscatorio. Sí aprecio mucho, en cambio, el esfuerzo de la sociedad civil, de las empresas más serias en su internacionalización, de los autónomos, fiscal y laboralmente tan castigados y, sin embargo, columna vertebral de la prosperidad de la nación.
Sospecho, en fin, que uno de los grandes debates en este año de polémicas y confrontaciones electorales que se nos presenta va a ser, precisamente, la economía. La real, no la de las ganancias del Ibex 35.La que para en nuestros bolsillos, no en las cifras del INE. Desde luego, hay que admitir que el Gobierno actual, que se beneficia de los récords en el turismo y en las actividades internacionales de las grandes empresas españolas, puede presumir del estado de la economía, aunque no sea su acción directa lo que propicia el `cohete`. Pero a mí no se me quita de la cabeza el informe Foessa. Y, además, el estar gordo puede que fuese una señal de prosperidad en los tiempos del hambre. Hoy, ganar unos kilos significa exactamente lo contrario: no nos cuidamos lo suficiente. Y cuidarse, ya se sabe, es caro.
Contenido patrocinado
También te puede interesar