José Teo Andrés
Un parque para un alcalde
Siquiera la inteligencia artificial sabría responder con equidad a algo tan profundamente humano como lo ocurrido en las fronteras, y en particular en Ceuta. No es cuestión de máquinas, ni de maquinaciones siquiera. Hay política sí en cada movimiento porque hay personas, pero tras los rostros y los números se extienden complejas circunstancias. No todos comparten idéntica posición; conviven ciudadanos europeos y africanos —en un concepto de la ciudadanía que aún carece de la universalidad plena que demanda nuestro tiempo—, marcados por profundas brechas de bienestar, de cultura y de oportunidades. Existen aspiraciones tan legítimas como a menudo egoístas, tensionadas por una geografía compartida que separa mundos antagónicos. Se mueven los hilos de los servicios secretos, de los gobiernos y de relatos históricos moldeados por conveniencia, de las monarquías y sus contrarios y de las mafias, claro. Todo parece inverosímilmente cercano y, sin embargo, dramáticamente lejano.
Pero por encima de las estrategias de despacho y de la ajena frialdad de los organigramas, existen seres humanos que exigen el respeto a unos derechos mínimos. Son jóvenes africanos que aspiran a una vida digna y, simultáneamente, ciudadanos ceutíes que ven su cotidianidad alterada, reclamando seguridad, convivencia y sosiego. Las legítimas demandas de los vecinos de Ceuta, que soportan con paciencia la presión de los flujos migratorios, deben ser atendidas con la misma firmeza humanitaria con la que se socorre a quien llega desamparado a la orilla. Pedir responsabilidades políticas resulta sencillo; asumirlas en su total dimensión es complejo; pero lo verdaderamente imperativo es acometer soluciones eficaces ante una situación que resulta abominable desde cualquier prisma que no sea estrictamente humanitario. Como bien reza la praxis médica, en urgencias primero se cura y después se pregunta.
La historia nos legó advertencias sobre el ejercicio del poder y la ceguera de las altas esferas. Como reflexionaba Alejo Carpentier al retratar las vanidades cortesanas y los juegos de estatus, los resortes de la dominación suelen ignorar el sufrimiento real de los pueblos. Sin embargo, este drama cotidiano no es un tablero de ajedrez donde maniobran alfiles sin alma, sino un testamento de supervivencia. Conviene no buscar chivos expiatorios de manera simplista, pues todos deberíamos llorar de amargura cuando las sociedades modernas se muestran incapaces de armonizar el sentido común, la legalidad y la compasión. Los poderosos inventaron a menudo la guerra y la distancia para proteger sus privilegios, mientras los humildes de las playas, sin comida ni higiene, quedan a merced de unas mafias que lucran con la desesperación y empobrecen a las naciones.
Frente a la desolación, la política ha de abandonar la escenografía teatral y los discursos vacíos para retornar a la sagacidad clásica y a la asertividad moral. La gestión de lo público no puede convertirse en una tertulia de sordos donde prevalece el monólogo frente a la escucha activa. Se requiere una nueva ética de la responsabilidad que destierre la vanidad efímera del escenario político. Las instituciones deben encarnar un anclaje de permanencia y sensatez. Como estableció John Dos Passos al definir los límites del poder, ningún gobernante es lo bastante infalible como para sustraerse al control y al rigor técnico. La administración del Estado no puede ser un fuselaje paquidérmico que asfixie el dinamismo y la concordia de la sociedad civil, sino un foro artesano donde se teje el bienestar colectivo punto por punto, midiendo los conflictos con la cinta métrica de la dignidad y no con el interés mezquino de unas siglas.
El prestigio debe volver a acuñarse como la única moneda de curso legal en las transacciones del ágora. Quienes administran el destino común tienen la ineludible obligación de rendir cuentas, conjugando la libertad de acción con el respeto absoluto a los derechos fundamentales. Las soluciones auténticas no se imponen mediante edictos de urgencia dictados desde la lejanía del mando, sino que se zurcen mediante el diálogo integrador, protegiendo tanto el derecho de los ciudadanos ceutíes a vivir en paz y con seguridad como el derecho imprescriptible de cualquier ser humano a no ser abandonado a su suerte en la intemperie. La paciencia cívica debe erigirse en el faro principal durante este tiempo de encrucijadas globales.
Todo este complejo entramado nos devuelve inexorablemente a una consideración última sobre la otredad, cultura por cierto africana, como me explicó Nélida Piñón. Acoger al desconocido, darle cobijo y alimento es una de las improntas más nobles de la civilización, un vestigio de aquella ancestral hospitalidad que entendía el encuentro con el extranjero no como un problema, sino como un acontecimiento, una oportunidad y una fiesta de la condición compartida. En muchos lugares de África, el desposeído todavía comparte lo poco que tiene con el viajero, conservando una pureza ética que las sociedades avanzadas a menudo olvidan tras murallas de indiferencia. Reconocer al otro en su radical alteridad exige comprender que su dolor nos interpela y que su futuro es, en esencia, el nuestro. Solo al desterrar el miedo y al abrazar una genuina cultura del encuentro lograremos que las fronteras dejen de ser cicatrices abiertas y se transformen en puentes de entendimiento, sobre la roca firme de la res publica y de la fraternidad universal.
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