Benito Iglesias
Plan Estatal de Vivienda: un parche
Las manifestaciones del ministro de Exteriores Albares sobre lo bien que le va a ir al Campo de Gibraltar tras el acuerdo entre la Unión Europea y el Reino de la Gran Bretaña, a la que Espala parece haber asistido como mero espectador (el documento inicial del acuerdo ni siquiera contó inicialmente con versión en castellano) resultan en su contexto absolutamente vergonzosa. Para empezar, mientras tal acuerdo si tiene que ser ratificado por el Parlamento británico, el Congreso de los Diputados no tiene papel alguno en el asunto. La colonia de Gibraltar, de soberanía británica, deja de ser un territorio de un país tercero y queda integrado con un régimen especial dentro del acuerdo de Schengen, con particularidades tan llamativas como que los militares de la guarnición pueden entrar y salir libremente y moverse a sus anchas por territorio español. Y en las crónicas triunfalistas mienten en los datos, Según los de la propia “Hoja Informativa” del Gobierno de la colonia, hay 32.000 gibraltareños registrados. La población activa es de 29.995 habitantes, la mitad de los cuales cruza la frontera diariamente. 9.726 de los 15.275 viajeros diarios son españoles. Este dato es relevante, ya que sólo el 60 por ciento de los que entran a trabajar a Gibraltar desde la Línea son españoles. O sea, que no son 15.000 nacionales, como se dice para justificar las cesiones de España por su interés.
Y dadas las facilidades para que colonia disfrute de un régimen especial, se comprende que ya haya 3.000 británicos que han pedido la residencia en el peñón por las ventajas añadidas derivadas de seguir disfrutando de todas las ventajas o mejor de que disfrutaban antes del Brexit. Pero en este acuerdo, en el que España cede hay un detalle llamativo, vulnera el Tratado de Utrecht, o sea, el instrumento legal sobre el que descansa la soberanía británica sobre la colonia, ahora disfrazada como “territorio ultramarino” (British Overseas Territory). El artículo X del mencionado tratado dice que la plaza “no tendrá comunicación por tierra con el territorio circunvecino”. O sea, que cuando en 1969, Castiella cerró la frontera lo que hizo fue aplicar el Tratado.
Pese a la buena voluntad repetidamente mostrada por España, el primer ministro de la colonia Picardo ha venido desarrollando una política de hostigamiento a los pescadores de Algeciras y sembró la bahía con una serie de trampas para impedir los artes de arrastre en aguas no cedidas por tratado alguno. La aquiescencia de Albares denota que España asiente y acepta que se consume la apropiación de los territorios no cedidos en Utrecht en el istmo donde está asentado el aeropuerto. En la historia de España hasta Zapatero y ahora Sánchez, todos los gobiernos habidos en cada tiempo nunca dejaron de reivindicar la soberanía sobre la roca que para la ONU figura en el listado de territorios no autónomos pendiente de descolonización desde 1946.
Un porcentaje elevado de los Gibraltareños tienen casa en España, algunos en urbanizaciones de lujo, como Sotogrande, como el propio Picado (que tuvo su segunda residencia este lugar), pero sin pagar impuestos, mediante la fórmula de pasar en territorio español menos de 183 días al año. 7.000 llanitos recurren a este truco, como es bien sabido. En Gibraltar funcionan más de 80.000 sociedades y la Roca controla el juego on-line para los que son vitales las líneas telefónicas que llegan desde España. La magnitud del tejido empresarial gibraltareño y el hecho de que numerosas investigaciones patrimoniales sobre redes de delincuencia en España acaben topando con el Peñón sitúa a la colonia permanentemente bajo sospecha.
Para mayor vergüenza, la colonia crece con los materiales de obra, y hasta arena de tarifa que entra libremente en su territorio. Al desaparecer la frontera, sus habitantes podrán incrementar, a su comodidad el uso del espacio y los servicios públicos de su entorno. Por algo la II República prohibió a los extranjeros la compra de bienes raíces en el Campo de Gibraltar. La famosa verja que ahora retira la colocó el Reino Unido en 1909, lo que dio lugar a que España colocara otra por su parte. Hasta que Felipe González la abrió, cada tarde, en la frontera, donde había un puesto con un centinela español permanente, formaba un piquete para rendir honores en el arriado de la bandera. Se tocaba el himno nacional, y seguidamente, mirando al peñón, el toque de oración en recuerdos de los cientos de españoles que perdieron la vida intentando devolverlo a España. Era emocionante y simbólico. Tuve la suerte de presenciarlo.
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