Marcos M. Reboredo
El rey en vitrina
'Michael' intenta contar a Michael Jackson desde el lugar más seguro posible: el escenario. En esa decisión, que parece prudente pero en realidad es esquiva, la película se queda a medio camino de casi todo.
Michael Jackson fue una figura que desborda cualquier intento de contención. No fue solo un músico extraordinario, sino un fenómeno cultural de una escala casi irrepetible. Pertenece a esa estirpe de artistas que no hacen historia, sino que la ensanchan. Su lugar en la música moderna se sostiene junto a nombres como The Beatles o Bob Dylan, no solo por su éxito, sino por haber alterado la forma en que entendemos el pop: el cuerpo como espectáculo, el videoclip como cine, el escenario como territorio absoluto.
'Thriller', que sigue siendo el disco más vendido de todos los tiempos, y 'Bad' son álbumes que definieron una época y son una referencia obligada. Sin embargo, reducir su vida a esa perfección musical es una forma de simplificación, una amputación narrativa. Michael Jackson también fue exceso, rareza, contradicción. Un personaje tan fascinante fuera del escenario como dentro.
La película elige el reflejo pulido y solo brilla cuando suena la música. Habla de su bondad, de su filantropía, de su amor por los niños y los animales, como si enumerar virtudes pudiera sustituir la complejidad. Pero lo humano rara vez cabe en un catálogo. Hay una intención evidente de homenaje, quizá incluso de protección. Ocurre en la mayoría de los 'biopics' musicales, no es una sorpresa. Producida en su mayor parte por la familia, tiene el sesgo propio del mausoleo. Ni Janet Jackson quiso aparecer. Su hija Paris tampoco bendijo el resultado.
El retrato queda así suavizado, como si el mito necesitara ser defendido en lugar de comprendido. En ese marco, resalta Jaafar Jackson, que no interpreta a su tío: lo imita hasta rozar la desaparición. Su trabajo es una encarnación que a ratos inquieta por su precisión. Frente a él, Colman Domingo aporta densidad y sombra al padre, Joseph Jackson, dibujando una figura dura que sostiene buena parte del conflicto emocional.
Aún con esas interpretaciones, la película parece moverse siempre en la superficie del mito. Entre 1966 y 1988, todo es ascenso y luz. Falta la grieta, que es donde vive el verdadero interés del personaje.
Queda por ver qué ocurrirá en la segunda parte, para abril de 2028, cuando la historia entre en Neverland y en los años más polémicos. Ahí ya no bastará con el brillo del escenario ni con la reverencia del homenaje. Entonces, la película tendrá que decidir si quiere contar a Michael Jackson o simplemente conservarlo intacto.
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