Francisco Peña
Las claves para una regeneración democrática
Nos lo dijo el tiempo antes que el telediario. Ha llegado el frío. Ese frío de noviembre que no pide permiso, que se te mete por el bajo del pantalón y por el bajo del ánimo. Hemos sacado el plumas, la chaqueta de lana y reservamos bufanda y gorro en fácil acceso. Nos estamos abrigando por fuera porque por dentro ya no sabemos cómo.
Este otoño no está siendo otoño sino máster en malas noticias. Siguen las guerras, la DANA, el precio del aceite, el político que no dimite y señala, las 69 muertes por falta de mantenimiento en la vía ferroviaria y el futbolista del Tenerife que nos dejó tras el impacto con el portero del Andorra. Es tanta tristeza junta que el cuerpo pide arroparse. Nos hemos puesto la capa de camiseta, jersey y resignación. Y justo cuando ya íbamos a hibernar como osos con ecoansiedad, esa palabra ya oficial que la RAE acaba de meter en la 24ª edición, llega la navidad en supermercados, tiendas y decoraciones callejeras. Llega sin vergüenza, anunciando luces con villancico y con turrón que ya gana puestos todo el año. Vuelve como ese familiar pesado que todos tenemos pero que, esta vez, necesitamos. Porque la Navidad, digan lo que digan los Grinch, es terapia de choque. Es la única terapia que consiste en ponerle azúcar a todo. Azúcar al balcón, a la ventana, al primo con el que no te hablas. Es la prueba de que el ser humano, por mucho algoritmo que le metan, sigue necesitando creer que una bola brillante puede contra un titular de malas noticias.
Y este año la terapia viene con manual nuevo porque la RAE, que es como esa abuela que tarda 12 años en contestar un WhatsApp, por fin ha publicado la 24ª edición del Diccionario. Dos tomos, 3.606 páginas, 99.990 artículos. Lo han hecho nativo digital, que es una forma elegante de decir que por fin han entendido que la gente no busca "bómber" en papel. En ese diccionario está todo nuestro 2025-2026.
¿Sientes ecoansiedad cuando ves o escuchas las noticias? Tranquilo, ya es oficial. ¿Te han hecho gordofobia en la cena familiar? Apúntalo, también es palabra. ¿Tu sobrino es influencer, cobra por hacer pódcast y vive en un metaverso mientras come burrata y ramen? Enhorabuena, tu sobrino es ahora mismo una página entera del DEL, Diccionario de la Lengua Española. Han entrado IA, porfa, tosta, basuraleza, narcolancha y AOVE, aceite de oliva virgen extra. Es decir, España entera. Desde el bar al juzgado. Han recogido edadista, trans, racializar y turistificación, que son las palabras que usamos para intentar entender por qué nos va como nos va. Y está cumple. Así, a secas. Como ¡eh, hoy es mi cumple! La RAE por fin ha entendido que no hace falta decir cumpleaños si puedes ahorrarte tres sílabas para pedir otra caña.
Nos faltaban palabras para tanto abrigo emocional. Ahora ya tenemos docuserie para ver en el sofá, antiedad para creernos que no envejecemos y bolaterapia, que es paraguaya y es exactamente lo que hacemos en Navidad curándonos a base de organizar mentiras y hasta disparates.
Colóquese el abrigo contra el frío de fuera, y por dentro el forro de la Navidad. Póngase una tosta de verdad, un porfa dicho con cariño y quítese la ecoansiedad. La 24ª edición del diccionario tiene 209.000 acepciones para definir el mundo; pero para concretar lo que necesitamos solo hace falta una, y es felicidad. Y si no, siempre nos quedará decir asere, que también ha entrado y que, según Cuba, significa amigo. ¡Qué pocas alegrías nos dan!
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