Atlántico
Gladiadores con raqueta
El coliseo presentaba un aspecto radiante; los espectadores, ávidos por ver comenzar el espectáculo, abarrotaban las gradas. Los gladiadores salen a la pista y el griterío es ensordecedor; unos jalean al gladiador ilirio, procedente de los Balcanes, mientras que otros se extasían con el hispano, nacido en la zona de Cartago Nova.
Ambos luchadores blanden una raqueta; saludan al emperador, quien sentado en una silla alta va a ejercer de juez inapelable en el transcurso del incruento combate durante el cual los luchadores golpean con la raqueta una pila verde siguiendo unas reglas. Los contendientes, rivales, mas no enemigos, se emplean a fondo: Exhiben una técnica depurada, piernas y brazos rindiendo al máximo; la rapidez, flexibilidad y capacidad torácica se exprimen cual naranjas de Hispania y las mentes son su arma primordial. Transpiran copiosamente y jadean al golpear la pila. El cansancio, el dolor o ver que la derrota está próxima, son superados por la fuerza de voluntad, una fe inquebrantable en sí mismos. La cabeza del vencedor es ceñida con una corona de laurel y el público prorrumpe en ovaciones para los gladiadores, quienes se funden en un efusivo abrazo, esbozan francas sonrisas y el perdedor rodea con cariño el hombro del vencedor. Gracias por exhibir la quintaesencia del fair play a los gladiadores Carlos Alcaraz y Novak Djokovic; tanto monta, monta tanto.
Francisco Javier Sáenz Martínez.
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