El carrito de los helados y la doble vara de medir

Publicado: 01 may 2026 - 01:50
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Después de varios días de juicio por el caso Mascarilla, escuchar este jueves las declaraciones televisivas de Víctor Ábalos —hijo, y quizás testaferro, de José Luis Ábalos— produce una mezcla de tristeza profunda y cabreo monumental. No solo por los hechos en sí, sino por lo que revelan de la condición humana: la miseria moral de quien, pillado con el carrito de los helados, aún tiene la desfachatez de ponerse chulo.

"La chulería como estrategia": Y no es solo Víctor. Ahí tenemos también a Koldo en el juicio. El mismo que ahora aparece con esa barba descuidada, esa imagen estudiada de mendigo, de hombre humilde, de "yo solo soy un chófer". La misma persona que, según los informes de la UCO, hace muy poco tiempo pagaba todos los lujos de él y de su jefe: fiestas, comidas en reservados, viajes, hoteles. Con dinero público. Con el dinero de las mascarillas que no llegaban a los hospitales.

Y ahora, en sede judicial, chulería. Vaciles. "No me acuerdo", "eso lo llevaba otro", "yo no era nadie". La barba de penitente contrasta con los audios y los pagos. Es el insulto final: robar y encima reírse en la cara del juez con disfraz de víctima, cuando estábamos todos encerrados aplaudiendo a las 20:00.

"Los hechos están ahí": Hay informes de la UCO. Hay contratos adjudicados a dedo en plena pandemia. Hay mensajes, audios, comisiones millonarias pagadas con dinero público cuando faltaban mascarillas en los hospitales. Las pruebas son, como se dice en la calle, "superlativas". Y ante eso, la estrategia de defensa pivota sobre un único eje: la culpa siempre es de los demás.

No hay asunción de responsabilidades. No hay un “perdón, la hemos cagado”. Hay victimismo, chulería en los platós y en el juzgado, y un intento descarado de tratarnos al resto de ciudadanos —los que sostenemos este país con nuestros impuestos— como si fuéramos imbéciles.

"La doble vara que indigna": Aquí es donde la indignación se vuelve rabia. Porque todos conocemos las reglas del juego cuando eres un ciudadano de a pie:

A un autónomo le embargan por 2.000€ de IVA. A un político o a su asesor le pillan con mordidas de 6 cifras y acaba dando lecciones en televisión o vacilando al tribunal con estética de indigente. El pacto se rompe cuando los que legislan no cumplen las mismas reglas que imponen.

"Tres medidas para acabar con la barra libre": No es tan difícil. No hace falta reinventar el Código Penal. Solo hace falta aplicar al dinero público el mismo rigor que se aplica al bolsillo del ciudadano:

1. "Responsabilidad patrimonial total": Que respondan con su patrimonio presente y futuro, como avalistas. Si hay malversación probada, embargo directo. Igual que hace Hacienda con cualquier deudor.

2. "Inhabilitación perpetua + devolución íntegra": No sirven 6 años sin cargo. Si tocas dinero público para lucro personal, inhabilitación de por vida. Y sin devolver el último euro más intereses, no hay tercer grado ni permisos.

3. "Silencio mediático durante el proceso": Informar no es blanquear. Mientras estés imputado por corrupción con informes de la UCO encima de la mesa, cero platós. Que se defiendan en el juzgado, no en 'Todo es mentira' de Risto.

"La solidaridad rota": Lo que más duele no es el dinero. Duele la insolidaridad. Duele que mientras la mayoría pagaba IRPF, IVA, cuotas de autónomos y hacía cola por papel higiénico, otros se ponían las botas con las mascarillas. Duele que el Koldo que hoy posa de pobre con barba de tres días pagara mariscadas y paradores con nuestro sudor.

Los han pillado con el carrito de los helados, sí. Pero la respuesta no puede ser reírse del juez, insultar a la UCO y ponerse chulesco mientras se ensaya el papel de víctima.

La corrupción no se acaba con discursos. Se acaba cuando delinquir salga más caro que ser honrado. Y para eso, solo hay que hacer una cosa: aplicarles las mismas medidas legales que al resto de los ciudadanos. Sin excepciones, sin atajos, sin prime time.

Porque hasta que eso pase, la sensación será siempre la misma: que los imbéciles somos los que pagamos.

Julio López. (Soñador de valores)

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